El auténtico iceberg: algunos datos sobre personas refugiadas y desplazadas en África

A lo largo de estos últimos meses, hemos asistido a un influjo notable de personas refugiadas que intentan acceder al territorio europeo huyendo de la inestabilidad, la violencia o la guerra en sus países. Se ha hablado mucho de la ‘crisis de refugiados’ en (las fronteras de) la Unión Europea, pero también se ha insistido en que la mayor crisis de refugiados desde la Segunda Guerra Mundial no tiene como escenario privilegiado el territorio europeo. De hecho, utilizando el símil del iceberg, lo que vemos en las fronteras europeas es sólo la punta del mismo, mientras la gran masa de refugiados se encuentran (sin ser vistos por buena parte de los medios de comunicación y de la opinión pública) en Asia y en el continente africano. Mientras la Unión Europea zozobra ante esta punta del iceberg (sólo así puede entenderse la declaración de la cumbre con Turquía, en la que los países de la Unión Europea parecen haber olvidado el derecho internacional de asilo), el continente africano intenta no asfixiarse con el mayor número de refugiados y desplazados del mundo.

Según las cifras de ACNUR a mediados de 2015, el número de personas desplazadas que huían del miedo, las guerras, la violencia y las violaciones generalizadas de derechos humanos se acercaba a los 60 millones de personas, incluyendo a personas refugiadas, IDPs (desplazados internos), solicitantes de asilo y apátridas, entre otros. Esta cifra supone un incremento notable en relación con años anteriores: de hecho en los últimos tres años y medio, la población refugiada global ha crecido un 45%, con 4,7 millones de personas, básicamente procedentes del conflicto sirio. Sin la guerra de Siria, el incremento de personas refugiadas en estos últimos años ‘solo’ hubiera sido de medio millón de personas. 

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El conflicto de Siria consolida, lamentablemente, a Oriente Medio como la región con mayor proporción de personas refugiadas del mundo, donde conviven los más recientes (procedentes de Siria e Iraq) con los más antiguos (procedentes de Palestina). El continente africano, por su parte, tristemente ostenta el ‘récord mundial’ en el número de personas refugiadas y en el número de personas desplazadas, los auténticos relegados entre los olvidados (al no cruzar una frontera internacionalmente reconocida, estas personas que han huido de sus hogares no siempre pueden ser atendidas por las organizaciones internacionales ni protegerse de las persecuciones, muchas veces promovidas por sus propios gobiernos). ACNUR presta atención a 4,1 millones de refugiados en África, y la cifra de desplazados internos (IDPs) se calcula que alcanza los 12,5 millones de personas, un tercio del total global de IDPs. 

Una aproximación a los datos (que en estos temas jamás serán capaces de explicar las complejidades que esconden) muestra como entre los 10 primeros países de origen de los refugiados en 2014, seis son países africanos. Y lo más preocupante, en la mayoría de ellos las cifras continúan subiendo, es decir, cada año hay más personas que huyen a otros países escapando de situaciones de violencia endémica, conflictos violentos o guerras civiles.

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En 2015, ACNUR esperaba que el número de personas refugiadas y desplazadas en el continente africano pudieran disminuir (de 15,1 millones en 2014 a 14,9 millones en 2015) gracias principalmente a las soluciones duraderas como la repatriación y el reasentamiento, entre otras. Pero las cifras globales no esconden preocupaciones por situaciones puntuales en países como la República Centroafricana o Sudán del Sur.

La erupción de la violencia en Sudán del Sur en diciembre de 2013 supuso un flujo nuevo de personas refugiadas y desplazadas en una región muy volátil, con grandes poblaciones desplazadas en busca de protección. Cerca de 1,3 millones de personas habían huido en nueve meses a otras partes del país, mientras casi medio millón de personas huyeron a Etiopia, Kenia, Sudán y Uganda. Pero además, en Sudan del Sur residen más de 240.000 personas refugiadas procedentes de Sudan, que también se suman a esta compleja situación. En la República Centroafricana, la escalada del conflicto desde diciembre de 2013 ha dejado unas 930.000 personas desplazadas internas, mientras cerca de 200.000 personas han buscado refugio en Camerún, República Democrática del Congo, Chad y Congo. También en República Democrática del Congo, con una situación de seguridad altamente inestable, se encuentran unos 2,6 millones de personas desplazadas internamente y no hay posibilidades a corto plazo que puedan volver los cerca de 430.000 refugiados nacionales del país que residen en Burundi, Ruanda, Tanzania y Uganda. La violencia e insurgencia en los estados nororientales de Nigeria también ha provocado el desplazamiento interno de más de 650.000 personas, y casi unas 70.000 personas refugiadas a Camerún, Chad y Níger.

Las cifras en Africa son aún más desgarradoras. Especialmente porque, por sus características  las cifras nunca son exactas, y su nivel de protección es mucho menor que en el caso de las personas refugiadas. Es muy complicado que, en contextos de persecuciones a grupos específicos de personas (por razones étnicas o territoriales, por ejemplo) promovidas o toleradas por los gobiernos estatales, éstos den autorización a las organizaciones internacionales o de carácter social para que entren en su territorio a atender a las personas desplazadas. Cuando los gobiernos simplemente son fallidos, la atención de estas personas aún puede ser más compleja, pues en ocasiones no se tiene ni constancia de su existencia.

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Seguramente porque las cifras sitúan a los países africanos entre el listado de los primeros países en número de personas refugiadas y desplazadas internas de manera permanente, estos datos acaban perdiendo visibilidad y notoriedad. La crisis colombiana o la actual crisis de Siria esconden, en ocasiones, a la opinión pública, las permanentes cifras del drama humano en el continente africano.

Africano es, por ejemplo, el campo de refugiados más grande del mundo. El campo de Dadaab se construyó hace 20 años en el noreste de Kenia, para acoger a las personas refugiadas que huían de la guerra civil en Somalia. Hoy, en Dabaad viven cerca de 475.000 personas, lo que equipara su número de habitantes a ciudades como Edimburgo o La Haya. El campo, que se ha convertido en una semi-ciudad por su carácter permanente, está hecho de barro, maderas y plásticos, y sólo es el primero de una larga lista de campos-ciudades de refugiados en África. La vida cotidiana de esta población vulnerable ha sido recogida en un libro de lectura recomendable. También son africanos los campos de refugiados más antiguos del mundo (después de los campos de refugiados palestinos que se crearon en 1947). Se trata de los campamentos de refugiados saharauis, situados en la frontera entre Argelia y la RASD. Divididos en 4 distritos, que a su vez se dividen en daira (pueblos), han pasado de ser una solución temporal a dar acogida a más de 165.000 personas desde 1975-76.

El fenómeno de las personas refugiadas y desplazadas tiene, además de carácter africano, cara de mujer. Las cifras son contundentes: las mujeres son cerca de la mitad de las migrantes en el África subsahariana, pero constituyen, junto con los menores, el 70% de las personas refugiadas y IDPs del continente. Si en muchas realidades, las mujeres y jóvenes se enfrentan a numerosas discriminaciones y a riesgos específicos, en los procesos de desplazamiento, estas situaciones tienden a enfatizarse. La discriminación, la violencia sexual, las dificultades para la escolarización, se agudizan en entornos muchas veces desestructurados, en los que además se añaden los riesgos de la trata de personas o la explotación sexual. En los procesos de desplazamiento, es complejo garantizar la seguridad de las mujeres (al ir a buscar agua o comida, por ejemplo) y formar y promover la igualdad de género y garantizar la igualdad de acceso a la protección y asistencia. Por ejemplo, no es raro que, en los primeros kit de emergencia que se ofrecen a las personas refugiadas, no existan productos de higiene femenina, que dificultan su autonomía e independencia tanto en el trayecto como en los campos. Los retos están, por lo tanto, no sólo en incorporar la perspectiva de género en las acciones diseñadas para las personas refugiadas, sino en la propia concepción de las políticas dirigidas a ellas.

 

Más allá de las cifras: los riesgos de una situación cronificada

El número de personas que requieren de protección en África es muy elevado: se trata de un escenario cuantitativamente sensible, pero también lo es cualitativamente hablando. El impacto que estas cifras tienen en el desarrollo económico y la cohesión social en muchos países africanos es claro, porque suponen un elemento de tensión en la gobernabilidad de muchas regiones, así como un nivel elevado de dependencia de las organizaciones internacionales –ACNUR principalmente– que gestionan o supervisan la protección de estas personas. A continuación, se apuntan –sin ánimo exhaustivo– algunas de las cuestiones más candentes al hablar de personas refugiadas y desplazadas en África:

  • La práctica totalidad de los países africanos han firmado la Convención de Ginebra de 1951 y el Protocolo de Nueva York de 1957. Pero además, también la mayoría de países africanos (54 actualmente) han firmado la Convención de la Unión Africana que regula los aspectos específicos de problemas de los refugiados en África (1969). La Convención es la primera de carácter regional específicamente dedicada a las personas refugiadas, pero su desarrollo e implementación ha sido siempre debatido. Porque a pesar del marco de seguridad que garantiza la convención, en muchos países siguen existiendo reservas en cuanto a la libre circulación de las personas refugiadas y su acceso a los mercados de trabajo nacionales;

 

  • En relación con esta innovación legislativa, en 2012 entró en vigor la Convención de Kampala. Aprobada por 11 países de la región de los Grandes Lagos como la Convención de la Unión Africana para la protección y asistencia a las personas desplazadas internas en África, es el primer instrumento continental del mundo que obliga jurídicamente a los gobiernos para proteger los derechos y el bienestar de las personas obligadas a huir de sus hogares por el conflicto, la violencia, los desastres y los abusos de derechos humanos;

 

  • En muchos países africanos, las personas refugiadas son acogidas pero no pueden abandonar los campos en los que residen. Esto limita su capacidad de subsistencia, pues no pueden trabajar ni buscar oportunidades para complementar su economía domestica, lo que les hace más dependientes de la ayuda exterior. Las dificultades de aprovisionamiento en algunos campos supone riesgos elevados de desnutrición;

 

  •  La mayoría de gobiernos africanos siguen considerando a la población refugiada como una situación coyuntural, aunque se haya cronificado, por lo que no existen oportunidades reales de integración en los países de residencia;

 

  • La existencia de los campos requiere de la voluntad de los países anfitriones para ceder espacios en los que los mismos puedan instalarse bajo el mandato de ACNUR. Esta cesión de tierras no siempre es fácil, y es habitual que los campos se encuentren en terrenos muy vulnerables a fenómenos meteorológicos como fuertes lluvias, inundaciones, etc. La reubicación de campos es un reto logístico importante, además del impacto estresante que supone para personas que ya viven en condiciones especialmente frágiles;

 

  • La trata de personas es un problema crónico en muchos campos, además de en las rutas de huida de la población refugiada. Luchar contra las mafias que trafican con las personas que residen en los campos es especialmente complicado, y afecta especialmente a mujeres y menores;

 

  • La seguridad en los campos es uno de los grandes retos, que se complica en la medida que estos crecen desordenadamente y se convierten, sin serlo, en ciudades medianas. Sin servicios públicos permanentes, con edificaciones perecederas, con grandes déficits en materia de salubridad, seguridad, educación, y un largo etcétera, muchas personas se ven obligadas a construir sus vidas en estos escenarios endebles. Y seguramente son más afortunadas que los que no tienen ni esta oportunidad;

 

  • El continente africano puede mostrar gran experiencia en la implantación de soluciones duraderas, que van desde el retorno al país de origen al reasentamiento a un país seguro. Las acciones de integración son más complejas, pero son muchos los países africanos que han ido redibujando su población con la incorporación de personas procedentes de otros países;

La existencia de población refugiada no sólo supone un problema humanitario de dimensiones notables, sino que también supone una oportunidad perdida para muchos países. Mientras las poblaciones huyen y malviven en trayectos largos y peligrosos para alcanzar zonas seguras, muchos países africanos se descapitalizan. Pierden población, y pierden oportunidades de futuro, las mismas que no pueden (o no quieren) garantizar a sus nacionales.

 

Gemma Pinyol-Jiménez (@gemma_pinyol), directora de Políticas Migratorias en Instrategies, investigadora asociada GRITIM-UPF. 

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