El pensador keniata presenta su obra en Barcelona

Ngũgĩ wa Thiong’o, la política y la cultura de las lenguas


“Todos podemos llegar a las estrellas, pero para conseguirlo no necesitamos hacer escala en Europa”. Fue una de las frases lapidarias que Ngũgĩ wa Thiong’o, el novelista, ensayista y dramaturgo keniano dejó flotando en el vestíbulo del CCCB. Porque a pesar de que en su discurso no ofreció grandes novedades, el eterno aspirante al Premio Nobel se erigió como lo hacen los viejos sabios, envuelto por un cierto halo de sopor, pero lanzando proclamas que se desplegaban sigilosamente y solo unos segundos después explotaban sobre los asistentes.

Y es que wa Thiong’o llegó a Barcelona para materializar el contenido de su tres libros traducidos recientemente al castellano y al catalán, Descolonizar la mente, Desplazar el centro y Sueños en tiempos de guerra. Junto a la defensa de los derechos lingüísticos universales, el escritor keniano proclamaba una especie de refundación de los estados africanos, tras deshacerse del yugo de la lógica imperial de las lenguas coloniales, como por ejemplo, el inglés. Ngũgĩ  wa Thiong’o no se refería únicamente al impacto de las imposiciones coloniales en la dimensión cultural de las lenguas nacionales.

Puede que conozcas su trabajo o hayas oído hablar de él: como el autor de la importante obra Descolonizar la mente; como defensor acérrimo del uso de las lenguas africanas en la producción literaria; como guardián de la legitimidad artística y comunicadora de la oratura —la producción literaria oral—; o como incansable crítico de la colonización cultural y vital que el uso de las lenguas coloniales implica. Si es tu caso, probablemente también te sorprenderías de que una de las palabras más escuchadas en su discurso sea network, red.

 

Conectar. ¿qué me conecta con otros? ¿desde qué posición me conecto? 

Y es que su enfoque es tremendamente inclusivo. Al escucharle desarrollar su postura, su defensa no se basa en una estrategia chovinista de aislamiento contra las influencias externas, sino en una acción positiva hacia el reequilibrio de poder, y señala una y otra vez con insistencia que la clave está en el funcionamiento en red, en la nutrición cruzada, destruyendo las jerarquías.

“La colonización ha supuesto la negación de los idiomas nativos como fuente de conocimiento y de investigación”, explicaba wa Thiong’o ensu intervención en Barcelona. El proceso que sigue a esa negación supone una ruptura radical, desde la experiencia del escritor keniano: “Los colonizados dejan de confiar en sus nombres, su geografía, sus cuerpos como punto de partida y por eso siempre necesitan la aprobación externa de los colonizadores. En África, no creemos en las iniciativas nacionales, ni en el conocimiento propio, ni en las investigaciones. Mi propio gobierno me encarcela por escribir en mi propio idioma, ¿qué podemos esperar después de eso?”, advertía el autor.

Ese es el proceso de pérdida de la autoestima que Ngũgĩ wa Thiong´o atribuye a la sustracción de las lenguas propias. “La élite poscolonial ha intentado eliminar el color de la piel, los nombres, los cuerpos, y hasta los idiomas nativos. En Kenia, esas élites se enorgullecen cuando sus hijos no entienden los idiomas nativos: esa es la colonización de las mentes”, aseguraba. Son aquellas máscaras blancas sobre pieles negras de las que hablaba Frantz Fanon al reflexionar sobre la construcción de la identidad negra.

Ngũgĩ utilizó como ejemplo la experiencia de los niños que juegan en un aeropuerto alejándose de sus padres, pero sólo lo justo. Miran atrás y si ven a los padres continúan alejándose porque “su capacidad para seguir avanzando depende de la posibilidad de volver al origen”. Cruzando los dos elementos de la metáfora, el escritor keniano decía “si los niños del aeropuerto pierden el origen, lloran”.

Por todo ello, una de las ideas más repetidas por el autor es la puesta en valor de las lenguas nativas, la certeza de que “no hay lenguas, más lenguas que otras”, que las lenguas no pueden relacionarse de manera jerárquica y, sobre todo, la dignidad de las lenguas africanas. “Nuestros idiomas son fuentes válidas de conocimiento”, reivindica una y otra vez el escritor.

Al fin y al cabo, se trata del “derecho de nombrar el mundo”, the politics of naming, acierta a señalar poniendo de manifiesto la especificidad africana que ha regido y sigue rigiendo la representación esencialista del continente en el imaginario occidental. A nosotras nos arranca una sonrisa mientras pensamos en que las resistencias de las mujeres africanas, que  también reclaman nombrarse a sí mismas.

El lenguaje es pues la materia con la que nos construimos y su uso específico, una cuestión de poder. Para wa Thinog´o, el uso de una lengua u otra no se basa tanto en el número de hablantes como en el prestigio de esta. Y con esto en mente, nos dio un toque de atención —varios— sobre la importancia de la terminología. Hablar de lenguas minoritarias o mayoritarias carece de sentido, y lo importante realmente es que existen lenguas dominantes y lenguas dominadas, pudiendo una lengua cumplir ambas categorías según los contextos.

En este mismo sentido, mostró de nuevo esa calidad inclusiva al rechazar el binomio lengua global/local, reclamando que “todas las lenguas son globales, son una herencia” que deben afectarse mutuamente sin barreras nacionales o regionales, hacia la creación de la globaléctica—una dialéctica global—, para la que la jerarquía y el eurocentrismo lingüístico son las principales barreras.

Esa relación que debe establecerse entre las lenguas es otro de los puntos clave del discurso de wa Thiong’o que defiende una interacción en red, “incluso cuando uno se convierta en lengua franca de comunicación, ninguna lengua es superior a las otras, ninguna se puede construir sobre la tumba de otra”. “El monolingüismo es el dióxido de carbono de la cultura y el multilingüismo es su oxígeno”, afirma vehemente uno de los más conocidos luchadores en favor de los derechos lingüísticos universales.

 

La realización crucial de las lenguas africanas hablándose entre sí”

Para generar y acceder a esa conexión despojada de jerarquía, el autor pone su entusiasmo en el poder de la traducción. En la charla posterior el escritor hizo hincapié en la importancia de las intertraducciones, “la realización crucial de las lenguas africanas hablándo entre sí”. Y para guiarnos en este tema, recordó con cariño el proyecto Jalada Africa. Pan-african Writers´ Collective. Se trata de una iniciativa colaborativa de publicación de autores y autoras africanas que en marzo de 2016 le solicitó un cuento, con el que lanzarían su primera experiencia de traducción múltiple. Ese cuento se llamaba —en inglés— The upright revolution, un cuento escrito para su hija originariamente en kikuyu, que ya ha superado el medio centenar de traducciones, la mayoría, aunque no solo, entre lenguas africanas. Para Ngũgĩ esto tiene un impacto fundamental en su concepción de sus propias lenguas, y en la relación entre ellas, para lo que la traducción es vital.

Además de la importancia obvia de unos recursos económicos que los respalden, el pensador —de 79 años— hace hincapié en el potencial que las tecnologías, en especial internet, están demostrando a la hora de albergar el diálogo creativo necesario en los contextos africanos, y nutrir el recurrente debate interno sobre qué es la literatura africana.

 

Vuelta al debate ¿qué es (literatura) africana?

Sin embargo, a pesar de ese posicionamiento igualitario, Ngũgĩ wa Thiong’o aún tuvo tiempo para marcar la diferencia con los autores que a diferencia de él, continúan utilizando las lenguas coloniales para sus creaciones literarias. “A mí también me ha pasado. Algunos miembros de la élite cultural se han apropiado de la lengua colonial, creen que pueden hacerlo suyo, pero en realidad están contribuyendo a su ampliación, inconscientemente están reforzando la lógica colonial”. Ngũgĩ  se refería a otros grandes de las literaturas africanas, como por ejemplo, Chinua Achebe. El debate sobre las posiciones posibles ante los usos de la lengua no se agota.

Al preguntarle sobre su opinión actual de la literatura, en especial aquella conocida como diaspórica, en pleno auge en el “mercado” global gracias a la creciente visibilidad de autoras como Chimamanda Ngozi Adichie, su respuesta fue contundente: “No es literatura africana”. Tal como escribió en la década de los ochenta. Poco o nada ha cambiado su postura de aquella que plasmaba en Descolonizar la mente: “…lo que hemos creado es otra tradición híbrida, transicional y minoritaria que solo puede llamarse literatura afroeuropea“. De hecho, nos contó que en los últimos años ha profundizado en este tema, llegando a manejar el concepto de “robo de la identidad literaria“. Ngũgĩ señala que las luchas por el robo identitario no se han acabado ni se circunscriben al periodo poscolonial, sino que cuando no se escribe en la lengua propia, más que una pérdida de la identidad, se da un robo de la misma, contribuyendo al encumbramiento de la lengua dominante en cuestión.

Pero, el pensamiento de wa Thiong´o, si bien transmitido a través de sus postulados lingüísticos, se enmarca en un pensamiento y propuesta política y de acción más amplia. El interés por visibilizar la cara positiva y moderna del continente —con el objetivo de contrarrestar la narrativa esencialista del África catastrófica— ha impulsado expresiones afropolitas que mucho tienen de producto de consumo. Una no puede evitar preguntarse, aunque anticipe la respuesta, cómo se sentirá al respecto el pensador marxista, que ya describía la indefinición ideológica de la clase burguesa de aquellas jóvenes independencias. ¿es para Thiong´o el afropolitismo un caballo de Troya que banaliza y desactiva la acción más profunda?
Desde luego, el debate es apasionante. El tiempo se nos escapó entre los dedos, dejando en el tintero otros muchos temas. Echamos de menos, por ejemplo, que siendo una figura del marco analítico decolonial, el autor ampliara sus reflexiones más allá del ámbito lingüístico, y entrara con ganas a debatir sobre otros aspectos con carga política vinculadas a sus postulados, como el racismo, la apropiación cultural, etc.

El viejo sabio keniata nos supo a poco.

Foto de portada de Celia Murias

Foto retrato de Carlos bajo

(Gallega nacida en Madrid, 1982) estudié Publicidad y Relaciones Públicas, aunque dejé El Lado Oscuro enseguida por la fotografía y el tercer sector, especializándome en Estudios Africanos y Relaciones Internacionales. Quizás por aquello del lado oscuro, trato de centrarme en una tesis sobre la presencia de las empresas transnacionales en el continente africano. Mientras, mi vida es una miscelánea que llevo como puedo, conjugando la producción agroecológica, la danza y aprendizajes varios. Susan Sontag dijo "fotografiar es encuadrar, y encuadrar es excluir". Es extensible a cualquier expresión, y aquí compartiré algunos encuadres, en constante composición.

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