Nairobi, un siglo de segregación legal

Por el 11 septiembre, 2019 África Oriental

Decenas de coches hacen cola para entrar en el Junction, uno de los centros comerciales más frecuentados por la clase media y los miles de personas expatriadas que residen en la capital keniana. Fuertes medidas de seguridad custodian el edificio mientras un círculo de jóvenes se lanza sobre las ventanas de los turismos ofreciendo pañuelos de papel o un lavado de cristales. A la salida, la clientela comparte comida con quien se busca la vida en el exterior, la mayoría son menores de edad provenientes de barrios empobrecidos como Kibera o Kawangware. Es domingo, el día que se ejerce con religiosidad la limosna cristiana, un altruismo trivial a la hora de borrar la enorme brecha de clase, tan incontestable como el temor que se respira dentro de edificios como este después de ataques atroces como los perpetrados por Al Shabab en el Westgate en 2013 o en el hotel Dusit este mismo año.

El miedo y la segregación no son atributos extraños a la sociedad keniana. Como si se tratara de un murmullo latente listo para reaparecer en cualquier instante, los brotes de violencia poselectoral, vividos en 2008, renacen en las confusas elecciones de 2017. Otro murmullo, el de la exclusión, persiste de forma mucho más obvia y tangible, discriminando sistemáticamente a más del 60% de residentes urbanos del acceso formal a la tierra, viviendas dignas o servicios básicos como la canalización del agua o la electricidad. Con la marginación y el miedo prácticamente institucionalizados como estrategias de gobierno, no parecen exageradas las palabras del activista Boniface Mwangui: “En otros países tienen mafia, en Kenia, la mafia tiene un país”. Una lógica que se replica en el ámbito urbano.

En 2009, un informe sobre pobreza urbana de Oxfam calculaba que el 10% más rico de la población de Nairobi acumulaba el 45,2% de los ingresos y que el 10% más pobre, solo el 1,6%. La marginalidad afecta a un 60% de residentes que, a menudo, ni siquiera aparecen en los censos y que viven en condiciones insalubres y de hacinamiento en el 5% del área metropolitana; mientras que el otro 40% la población ocupa amplios espacios en barrios debidamente canalizados, casas con jardines o condominios cerrados, enrejados y vigilados que alojan agradables patios con piscinas.

Como tantas otras ciudades del Sur Global, Nairobi es una urbe de contrastes. Un núcleo urbano moderno que atrae capital empresarial de los cuatro puntos cardinales mientras concentra más de la mitad de la población en slums o barrios chabolistas. Una ciudad cubierta de verde, parques frondosos -como Karura Forest- y avenidas que rebozan naturaleza y lujo -como Karen-; al tiempo que su población inhala uno de los aires más contaminados del continente, fruto de una altísima congestión de tráfico que, como advierte el Banco Mundial, no augura un buen futuro, dado que el número de coches en la capital se duplica cada seis años.

Se podría decir que la que fue apodada “la ciudad verde bajo el Sol” es hoy una ciudad dual. A pesar de que la realidad es mucho más compleja y no se puede definir con una paleta binaria de blanco y negro, el contraste de riqueza y pobreza sería una buena manera de definir el gris del asfalto que la domina. Sin embargo, es más justo hablar de Nairobi como un laboratorio donde se dibuja continuamente una identidad urbana y moderna fruto de la enorme diversidad cultural; aunque urbanísticamente la capital keniana es una ciudad tricolor, heredera de un triple urbanismo de carácter racial hecho para población blanca, negra e india que hoy sigue ejerciendo una fuerte influencia en su configuración socioeconómica.

Segregación a escuadra y cartabón

Nairobi nació a finales del siglo XIX como resultado del proyecto británico de explotación colonial alrededor de una parada del ferrocarril de la línea que iba de Mombasa a Kampala con el objetivo de poder extraer recursos naturales en dirección al viejo continente. Antes de su llegada, el pueblo nómada masai cuidaba las tierras donde se erigiría la actual urbe -el nombre proviene de una expresión maa que significa “aguas frías”- y apacentaba sus rebaños entre leones y elefantes. Hoy, una escasa representación de estas especies intenta sobrevivir en un amenazado parque nacional en la única ciudad del mundo donde los turistas pueden fotografiar jirafas ante rascacielos que sobresalen de una nube de contaminación. La pintoresca pero marginada minoría masai es exotizada y llena portadas de guías turísticas como la Lonely Planet mientras, de puertas adentro, la exclusión política y económica de poblaciones locales está profundamente arraigada en el ADN nacional.

Según la historiadora Cathérine Coquéry Vidrocitch, desde 1919, el urbanismo de la ciudad adoptó un sistema propio del apartheid, con la delimitación de un centro europeo de negocios y administración, áreas residenciales europeas y cuarteles militares -con normativas que fijaban los tipos de materiales y de construcciones permitidos- o con una zona de bazares indios -población que ejercía de peones de la colonia como ingeniera, constructora o trabajadora de la administración-. A la población africana que iba llegando atraída por el fervor urbano desde las zonas rurales, la desviaba a áreas para nativos, en las tierras del Este de la ciudad, las llamadas Eastlands: barrios abastecidos por trabajadoras sexuales que ofrecían sus servicios a chicos jóvenes empujados por la idea de una vida próspera, superando los sistemas precoloniales. Hoy, estos emplazamientos son hogar de extensos barrios informales o barriadas no planificadas con carencia de servicios como recogida de basuras, viviendas precarias e insalubres, dominados por la economía sumergida y vulnerables a constantes desalojos forzosos impuestos por la “ciudad formal” o legalmente constituida.

Al mismo tiempo, a 1.670 metros del nivel del mar, Nairobi se extiende hacia rankings de innovación tecnológica para postularse como el San Francisco africano. Desde hace casi una década, la ciudad se ha ganado el apodo de Silicon Savannah por contar con un nutrido ecosistema y centros de incubación como el iHub -que, desde 2010, ha creado más de 170 empresas emergentes del sector- y por haber atraído el interés de grandes multinacionales y emprendedores como el fundador de Facebook, Mark Zuckerberg. Mientras esto sucede, en Kilimani, barrio donde se encuentra el edificio y que aspira a convertirse en el nuevo centro financiero, arrasa la burbuja inmobiliaria y la gentrificación.

Según The Economist, en los últimos doce años, los precios de las tierras han aumentado más de seis veces en 24 de los 32 barrios suburbanos y satélites. De manera que gran parte de las personas que residen se deben reubicar en barrios más humildes como el emblemático Buruburu, viendo de reojo cómo máquinas excavadoras, los baluartes de la pobreza, se abren paso despreciando las humildes casas de chapa y barro y las vidas que habitan sin ofrecer alternativas. La inversión en infraestructuras que descongestionen el tráfico será crucial para posibilitar el desarrollo y la operatividad de la capital, dicen los responsables de las políticas públicas u organismos internacionales como ONU-Hábitat, con sede en la ciudad.

En Nairobi, los derechos a una vivienda y una vida dignas parecen directamente proporcionales al estatus social. No es casual, tal como explica un informe sobre riqueza en las ciudades africanas elaborado el año 2016 por la consultora Knight Frank Research, que sea la capital africana con más metros cuadrados destinados a la construcción de centros comerciales como el Junction Mall. El capitalismo desenfrenado ha arraigado magistralmente, haciendo de espacios cerrados y excluyentes la metáfora de un espacio urbano socialmente degradado. Un siglo después de aquella zonificación racista de “áreas nativas”, una minoría sigue dominando la ciudad amparada por la ley.

En la periferia, y mientras la miseria se sigue cebando con la descendencia de dos o tres generaciones de las personas que un día dejaron atrás la vida rural, la esperanza florece a golpe de becas de educación, ayudas a proyectos de apoyo a las mujeres o la filantropía de instituciones y oenegés en un tímido intento de difuminar la brecha estructural que sigue latente en esta, como tantas otras, metrópoli africana.

 

Este artículo fue originalmente publicado en el suplemento en papel de La Directa dedicado a la Mostra de Cinema Africà del Cine Baix (Sant Feliu de Llobregat), y en la propia web de La Directa, con el título “Nairobi, un segle de segregació legal”.

(La Bisbal d'Empordà, 1981) Especializada en Culturas Africanas y Desarrollo, licenciada en Filosofía y apasionada por la música. Cofundé Wiriko, asociación con la que desarrollo gran parte de mis proyectos vitales. Tras mudarme a África del Este, me especialicé en ciudades africanas con al African Centre for Cities, y ahora coordino el blog Seres Urbanos de EL PAÍS y escribo sobre ODS en Planeta Futuro y otros medios. Los documentales, el cine y el cante también forman parte de mis aventuras.

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