Desde el populismo de izquierdas de los 80, hasta el etnopopulismo

Recorriendo los populismos africanos

Cuando el populismo ganó en Occidente, África Subsahariana ya estaba allí. Resulta poco menos que curioso ver cómo las victorias o el ascenso de candidatos populistas por todo el mundo, pero especialmente en los países del Norte, acaban por poner el foco en un fenómeno que, en África, hace más de cuarenta años que domina la política en gran parte de la región.

Se podría decir muchas cosas sobre el carácter populista de los líderes de las independencias africanas. Su liderazgo plebiscitario, sus respuestas o propuestas sencillas a problemas complejos, o su capacidad para unir a las poblaciones rurales y las urbanas bajo un paraguas identitario nacional. Pero, si hay que hablar de populismo propiamente dicho, en África Subsahariana todo comienza en los años 80.

Populismo contra las élites

La primera onda populista de la región se debe situar en los golpes militares de los años 80, siendo el populismo de Thomas Sankara (Burkina Faso) el más conocido. Sankara siguió punto por punto todos los elementos populistas que dictan los manuales, estableciendo nuevos mecanismos, más directos, de interlocución con el pueblo: los llamados Comités de Defensa de la Revolución (CDR). Esta nueva institución tendría que haber permitido tener un control popular de la dirección política del nuevo régimen, desde abajo, impidiendo así el descontrol de las élites políticas. Ese discurso anti-élites no sólo constituyó el segundo rasgo diferencial del populismo de Sankara –y del populismo africano en los 80-, sino que constituyó la esencia de la justificación del nuevo régimen en sí mismo.

Sankara argumentó que el país había tomado la dirección equivocada, con unas élites económicas y, especialmente, políticas que gobernaron de espaldas a los intereses del pueblo. Fue un discurso muy repetido por los regímenes populistas de aquellos años. Por este motivo, potenciaron la intervención estatal sobre la economía o la mejora de los derechos de quien se veía privado de ellos. Fue así como Sankara acabó generando políticas de colectivización de tierras al tiempo que promocionaba los derechos de las mujeres.

Estatua de Thomas Sankara – Foto de Lamine Traoré

Populismo de exclusión

Los regímenes populistas africanos de los 80 quisieron transformar la realidad de sus países, pero alejándose de los mecanismos de la democracia liberal a la que parecían condenados. Fueron otros golpes de Estado, de carácter autocrático, o la implementación de sistemas democráticos liberales, los que acabaron con ellos. En los nuevos regímenes democráticos, recién nacidos en los 90, vieron cómo se les  instalaba un populismo especialmente basado en la exclusión.

La segunda ola populista en África es la más parecida a la que actualmente se produce en los países occidentales y tiene por bandera la exclusión de poblaciones rivales del sistema político. La redifinición del grupo democrático permitió a los líderes populistas de esos años asegurarse el control del sistema electoral. Pero hubo pocos casos en que esto no acabara mal.

Así pasó en Costa de Marfil, donde ya había una historia de enfrentamientos entre personas migrantes, principalmente de culto musulmán llegados de países vecinos, y las zonas predominantemente cristianas donde se situaban las plantaciones de cacao a las que estas personas se dirigían para trabajar. Aprovechando este discurso del odio y los sentimientos de agravio, y dentro de un contexto de unas primeras elecciones multipartidistas que no dejaron a nadie satisfecho, el partido en el poder promoció la redefinición del concepto de ciudadanía, creando la idea de Ivoirité. Esta nueva ciudadanía excluyó del sistema político a todas las personas que no tuvieran el padre y la madre con nacionalidad de Costa de Marfil, hecho que afectó directamente al líder de la oposición política, Alassane Ouattara. La tensión partidista, las situaciones de exclusión y los agravios que un sistema democrático en sus inicios que no supo cómo reconducir la situación, condujeron a este populismo de exclusión a un conflicto armado en uno de los países africanos que más estable se consideraba, y acabó provocando dos guerras y una intervención militar extranjera.

Populismo, democracia y política informal

Los sistemas democráticos, aun así, se fueron extendiendo por toda la región. Hoy, África celebra elecciones multipartidistas casi a en todos los países. Las instituciones democráticas no son perfectas, pero se podría decir que son estables. Incapaces, frecuentemente, de canalizar los conflictos y los agravios que generan tensión en las sociedades africanas, conviven con sistemas informales de control político, basados principalmente en la llamada política tradicional o informal.

Una de las principales dificultades de mejora de los sistemas democráticos en África consiste en la presencia de partidos opositores muy débiles. La política de que el ganador se queda con todo el pastel, controlando los recursos estatales, que acaban siendo la principal puerta de acceso a recursos económicos, ha provocado que los partidos de la oposición hayan de recurrir a movilizaciones de población en base a ideas populistas. El populismo de la tercera ola africana está siendo un populismo de carácter electoral y con rasgos diferenciales más complejos que los anteriores.

Muy a menudo, este populismo electoral acaba derivando en el llamado etnopopulismo. Los partidos de la oposición han cabalgado sobre las identidades étnicas para poder tener un ancla dentro del sistema electoral. Aprovechan identidades ya creadas que pueden movilizar el voto de manera sencilla y rápida, ya que no tienen los recursos económicos para hacer políticas más complejas. El problema que tienen es que sólo se acaban apoyando en identidades étnicas que son minoritarias, y eso las condena a seguir en la oposición, cultivando agravios. Además, en pocos casos, la clase social y la étnica tienden a coincidir.

En determinadas circunstancias, sin embargo, se pueden dar las condiciones para que esta oposición condenada a la autoexclusión acabe generando un etnopopulismo que le permita tener mayor relevancia política o, incluso, conseguir llegar al poder. Eso sucede cuando la llamada a una comunidad étnica concreta acaba por afectar a otras identidades de carácter urbano, cuando los líderes etnopopulistas construyen narrativas de exclusión que unen, en una misma campaña, a diversos grupos. Para un movimiento etnopopulista, es de capital importancia tener éxito en las áreas urbanas, donde las identidades étnicas no funcionan igual, o funcionan menos efectivamente que en las áreas rurales. La combinación de una alianza urbano-rural no es frecuente y, se podría decir, fue la base de las alianzas nacionalistas de los líderes independentistas de los años 60. Desde entonces, la ausencia de instituciones formales y de recursos ha complicado mucho la repetición de estas coaliciones.

Michael Sata, presidente de Zambia, en 2013 – Foto Cluster Munition Coalition

El Rey Cobra: el triunfo del etnopopulismo

El caso más claro de etnopopulismo de éxito en esta tercera ola populista lo protagonizó Michael Sata, más conocido como el Rey Cobra. Sata consiguió liderar Zambia, en África del Sur, después de diez años de protagonismo político y movimiento etnopopulista. Se ganó su sobrenombre debido a las declaraciones que hacia sobre sus rivales políticos, habiendo sido además Ministro del gobierno que estaba combatiendo. Cuando se quedó fuera del sistema debido al terremoto político que supusieron las políticas austericidas, constituyó su propio partido, el Frente Patriótico (FP). Sin base electoral, ni recursos que le permitieran construir una institución fuerte, Sata se estableció a sí mismo como el único capital político del partido. Era un político experimentado que conocía bien el país y que supo aprovechar su ausencia de estructura política, y por tanto la libertad de movimientos de no tener barones locales con compromisos propios, para poder establecer una alianza intergrupal, aprovechando las estructuras ya existentes en el país, como los sindicatos.

Sus triunfos electorales tampoco le animaron a articular institucionalmente el FP. Al contrario, persistió en la política plebiscitaria sobre su persona, haciendo que el único capital político del movimiento fuera él mismo. Creó mecanismos de interlocución directa con las poblaciones pobres urbanas, recuperó el discurso anti-élites y prometió servicios y mejoras en las condiciones de vida de la población más pobre. Combinó, en definitiva, narrativas y discursos dirigidos a las personas excluidas del sistema económico –discurso de clase- con otras dirigidas a la población Bemba de las zonas mineras –discurso étnico. En los momentos finales y decisivos, justo antes de las elecciones presidenciales de 2011, Sata supo cómo redirigir su discurso contra las inversiones extranjeras –contra las que había sido muy combativo- para aceptarlas y mostrarse como el hombre que podría hacer que aumentaran y generasen mayores beneficios para la población local. Incluso, hay quien dice –aunque sin demostrarlo- que su campaña electoral a las presidenciales de 2011 estuvo financiada por China.

Cabalgando la ola etnopopulista que él mismo creó, Michael Sata, el Rey Cobra, fue capaz de pasar del 3% de los votos electorales en 2001, al 42% en sólo diez años, haciéndose con la presidencia. Sata acabó falleciendo a medio mandato, en 2014, dejando un movimiento huérfano y demostrando que la cuadratura del círculo, la alianza clase social-identidad étnica, era posible, y siendo el exponente más claro de la tercera ola populista africana.

 

Este artículo fue originalmente publicado en el suplemento en papel de La Directa dedicado a la Mostra de Cinema Africà del Cine Baix (Sant Feliu de Llobregat), y en la propia web de La Directa, con el título de Tres onades de populisme a la política africana

(Madrid, 1980) Soy un politólogo madrileño que vive en Barcelona, aunque con esto de la paternidad mi puente aéreo se ha visto reducido. Ex Naciones Unidas y en diferentes ONGs, un día comencé un doctorado sobre África, pero nos peleamos y le perdí la pista. Ahora trabajo en temas de pobreza y exclusión social, que es como eso de la cooperación, pero sin viajes internacionales. También colaboro con el Centro de Estudios Africanos de Barcelona. Desde 2006 intento entender la política africana y las relaciones internacionales con el blog El Señor Kurtz, aunque también tengo otro donde hablo, entre otras cosas, de política, pobreza y exclusión social, la situación del espectáculo. No sé estarme callado, y discutir es mi afición favorita. Los de Africaye no se quejan mucho de mí, son buena gente. @elsituacionista

Comenta

  • (no se publicará)