Ruanda

¿Una nación feminista?

Por el 6 febrero, 2020 África Oriental , Género

Los avances en políticas feministas en Ruanda chocan frontalmente con los abusos a los derechos a la libertad de expresión por parte del gobierno. ¿Son compatibles las políticas feministas con las vulneraciones a los derechos políticos?

Si hay un país africano que avanza por los derechos de la mujer, este es Ruanda. Y no solo por tener un parlamento con mayoría de mujeres, sino por las medidas que se adoptan año tras año. La última medida, el pasado mes de diciembre, suprimía el IVA de los productos de higiene femenina, dando así la oportunidad a las mujeres y chicas con menos recursos de acceder a productos de primera necesidad.

Hoy Ruanda es admirada por sus esfuerzos en ecologismo, feminismo y modernidad. Los medios occidentales alaban y describen lo que sería un success story de manual, es decir el florecimiento de una nación destruida por el genocidio. Y, en cierto modo, así es. La capital, Kigali, sigue unos métodos de planificación urbanística que están a años luz de las grandes urbes africanas, donde la población y el tráfico crecen sin control. Kigali no solo es la ciudad más limpia del continente, sino también de las más seguras. Las políticas ecologistas también son pioneras, como la medida de suprimir las bolsas de plástico, cuyo ejemplo han seguido otros países, como Kenia y Tanzania.

 

La figura de Paul Kagame es crucial para entender la evolución del país. El presidente ruandés es, hoy en día, una de las más fascinantes del panorama actual africano. ¿Dictador? ¿Libertador? ¿Demócrata? ¿Feminista? Quizás un poco de todo pero,sobre todo, alguien cuya visión y carisma han reforzado el autoestima de una nación rota y de un continente demasiado ignorado. Kagame es el presidente que muchos africanos querrían para sus países ya que, con mano de hierro, ha reducido la corrupción, ha reactivado la economía ruandesa y ha reforzado la seguridad en su país.

No obstante, no todo es tan idílico y poco a poco surgen grietas en esa imagen impoluta de Ruanda. Para empezar, no se habla de las desapariciones de líderes y activistas de la oposición. Tampoco se habla de cómo Paul Kagame, después de cambiar la Constitución para seguir presentándose a las elecciones, arrasa comicio tras comicio, con unos números bastante sospechosos. En los últimos, en agosto de 2017, Kagame obtuvo el 99% de votos favorables. Y por último, nadie se atreve a adivinar quién sería su sucesor o sucesora… si es que hay alguien.

El Estado policial al cual está sometida la nación ruandesa pone en duda el derecho a la libertad de expresión. Las desapariciones misteriosas de activistas de la oposición y los presos políticos son una mancha muy fea en esa postal idílica que quiere vender Kagame. Dos de las líderes que han pagado con creces su oposición al presidente son Victoire Ingabire y Diane Rwigara. Sus candidaturas a las elecciones fueron rechazadas. Han sufrido la prisión y han visto cómo sus asesores, colaboradores y aliados desparecían misteriosamente.

Por eso, es preciso preguntarse: ¿se pueden aplicar políticas modernas y sociales y, a su vez, tener presos políticos y activistas asesinados? El movimiento feminista no solo lucha por la igualdad de la mujer, sino que, en su interpretación más amplia, también combate por una sociedad más justa y menos testosterónica. Es decir, una sociedad más inclusiva y menos competitiva. Una en la que el diálogo debe primar por encima de cárceles y exilios.

En Ruanda, las mujeres empezaron a tocar poder después del genocidio, o mejor dicho, como respuesta a la situación catastrófica en la que se encontraba el país a finales de los años noventa. El genocidio dejó millares de viudas y huérfanos ya que la mayoría de asesinos y asesinados fueron hombres. Este hecho dejaba un vacío masculino de poder, así como un vacío en las empresas, instituciones, pequeños negocios y en el sector agrícola. En 1999, la ley autorizó a las mujeres a heredar propiedades en caso de no existir testamento y así convertirse en propietarias. Esta medida revolucionó la relación de poder entre hombres y mujeres ya que, poco a poco, chicas jóvenes y mujeres empezaron a heredar terrenos y comercios que les habían sido negados en favor de sus hermanos y/o hijos varones.

A esta medida, les siguieron otras como el derecho a abrir cuentas bancarias sin la autorización del marido, o la de usar su tierra como garantía para obtener préstamos, lo que alentó aún más la independencia financiera de las mujeres. Poco a poco, la sociedad ruandesa pasa de considerar a las mujeres como una propiedad cuya única función era la de tener hijos, a ser una nación donde las mujeres ocupan la mayoría de centros de poder. De hecho, para asegurar la presencia femenina, la ley garantiza que al menos el 30% de los puestos gubernamentales y parlamentarios estén ocupados por mujeres. No en vano, Ruanda se ha convertido en el país con mayor representación femenina de parlamentarios en el mundo, actualmente el 61% en la cámara baja. En el plano judicial, cuatro de los siete jueces de la corte suprema de la nación son mujeres. Y si nos fijamos en los salarios, la brecha salarial entre hombres y mujeres está más igualada en Ruanda que en Francia o en Estados Unidos.

Ahora bien, en este Estado de partido único, cada vez son más las voces que critican que, a pesar de la discriminación positiva, las mujeres no tienen un poder de influencia real. La discriminación positiva ayuda a ver más mujeres en puestos de responsabilidad y esto contribuye a borrar la imagen estereotipada de la mujer como madre y esposa. Pero también puede reforzar la imagen de mujer-florero-con-cargo-simbólico detrás del eterno liderazgo masculino.

En este sentido, es muy interesante la investigación de la antropóloga Jennie E. Burnet en la que analiza dos hechos teóricamente contrarios: por un lado, la creciente participación de las ruandesas en política y, por otro lado, el asentamiento de un Estado dictatorial que se esconde detrás de políticas progresistas. Según Burnet, “el aumento de la participación política femenina supone una paradoja a corto plazo: a medida que aumenta su participación, la capacidad de las mujeres para influir en la formulación de políticas ha disminuido”. Sin embargo, también reconoce que “a largo plazo, una mayor representación femenina en el gobierno podría preparar el camino para su participación significativa en una democracia genuina debido a una transformación en la subjetividad política.”

Solo cabe esperar. Ruanda está poniendo los cimientos para reconfigurar una visión de género más igualitaria y equitativa, a pesar de las señales de alarma que nos dan las noticias sobre desapariciones de activistas. Aún es pronto para ver si la estructura patriarcal se debilita y quizá habrá que esperar a una futura era post-Kagame para ver qué liderazgos se consolidan. Mientras tanto, Randa parece vivir una contradicción: la modernidad a golpe de autoridad.

Fotos: Paul Kagame (WIKIPEDIA) y de la autora

Autora: Helena Cardona

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<span>One</span> Response to: ¿Una nación feminista?

  1. gravatar <cite class="fn">Jaume</cite> Responder
    febrero 6th, 2020

    Muy interesante este texto, aunque he echado de menos una mención a la cuestión del aborto. En octubre había cientos de mujeres encarceladas por intentar abortar, y solo la intervención de Kagame para concederles el perdón consiguió que salieran de prisión. Las leyes en este aspecto siguen siendo muy restrictivas. Aunque recientemente han cambiado un poco el cuadro legal para abortar, durante años se han vivido escenarios tan surrealistas como un juzgado decidiendo si las mujeres podían abortar o no.

    Gracias por publicar este artículo sobre un país con muchas capas.

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