La interminable necesidad de entender el expolio francés del continente

Francia, el no-amigo de África

Hace ya un tiempo que Canal + grabó un documental que exponía cómo Francia había bombardeado impunemente a civiles desarmados en Abiyán, la capital económica de Costa de Marfil. Los helicópteros galos sobrevolaron la ciudad matando e hiriendo a un número indeterminado de personas en plena noche, al lanzar misiles contra coches que circulaban y puentes llenos de manifestantes. Al día siguiente, se produjo un segundo ataque a plena luz del día, en los alrededores de uno de los hoteles de mayor prestigio de la ciudad (Hotel Ivoire), que acabó con las vidas de más de medio centenar de marfileños. Este incidente tuvo lugar a manos de soldados franceses que se atrincheraban en el hotel para escapar de la ira popular por lo sucedido la noche anterior, mientras una multitud de manifestantes desarmados les esperaba fuera. Los tanques franceses -que jamás abandonaron el país, a pesar de su independencia oficial en agosto de 1960- se internaron en la ciudad rumbo al palacio presidencial y se habló de intento de golpe de Estado, aunque los representantes del ejército francés pretextaron haberse perdido. Sucedió en noviembre de 2004.

 

La intervención como política de Estado

 

Las relaciones culturales, económicas y políticas entre Francia y algunos países africanos tienen cosas buenas para ambas partes, pero también tienen una parte sórdida y oscura: la Françafrique. Este concepto define una forma oficiosa de expolio ejercida por la potencia sobre sus catorce ex colonias africanas que arranca de la época colonial, continúa a través de las independencias de los años 60 del siglo pasado y sigue vigente en nuestros días.

 

Convive con otras formas de cooperación y relación mutuamente beneficiosas y públicas. Algunos presidentes de la República francesa han jurado cortar sus lazos con ella, pero han traicionado sus promesas al pisar el Elíseo. Independientemente de su color político y su historia previa, hay un consenso político en lo que se refiere a África y  cada partido político francés cuenta con sus denominados Monsieur África, personas con fuertes conexiones con el continente. Se trata de gente como Jacques Foccart con De Gaulle en el pasado o Édouard Courtial, con Sarkozy, en nuestros días.

 

La Françafrique es una relación que se trufa de golpes de Estado, rebeliones financiadas y orquestadas desde París con intermediarios sobre el terreno, asesinatos políticos, extorsiones varias, elecciones trucadas, corrupción y mercenarios. Los paracaidistas y los servicios secretos franceses han defendido a regímenes brutales, pero beneficiosos para las empresas y los gobiernos galos, a lo largo de casi 60 años. Antes, amparados en el desconocimiento sobre temas africanos y la falta de interés de los medios y ciudadanos de medio mundo; hoy, apoyándose en propaganda mediática y ruido de medios afines y poniendo el pretexto humanitario y la ONU por delante.

 

La vigencia de la Françafrique es obvia. Sin ir más lejos, sigue en pie el franco CFA (colonias francesas de África), moneda oficial del África francófona impuesta por Francia en 1945 a sus colonias, que ejerce de yugo monetario ligado al Tesoro francés y las oscilaciones del Euro y que está controlada desde París. El nuevo siglo ha visto cómo las bases francesas se instalan en países que abandonaron hace décadas, como Mali, y los contingentes de soldados y servicios secretos franceses se mueven por todo el continente casi sin pedir permiso, como sucedió recientemente con los servicios secretos franceses que perdieron a tres hombres sobre el terreno en Libia, en pleno 2016.

 

Los ejemplos de la actualidad de la Françafrique son legión. Se dice que Gadafi financió la campaña electoral de Nicolás Sarkozy y fue precisamente Sarkozy quien azuzó al Consejo de Seguridad de la ONU para poner en marcha la operación militar que acabó con el guía libio torturado y asesinado en una carretera de Sirte. Sarkozy también es el responsable del bombardeo de Abiyán (entre 5 y  7 millones de habitantes) para desalojar del poder a Laurent Gbagbo y sustituirlo por el amigo de Francia, Alassane Ouattara, declarado vencedor de los comicios presidenciales de 2010 por la comunidad internacional y la ONU. Dicho bombardeo provocó un saldo en muertes, trauma y pérdidas materiales que jamás se ha calculado seriamente. Antes que él, se sospecha que François Mitterrand participó en el asesinato del líder burkinés Tomas Sankara. Valéry Giscard d’Estaing era amigo personal del emperador Bokassa -máximo mandatario en la República Centroafricana entre 1966 y 1976-, a quien protegía y ayudaba económica y militarmente a cambio de uranio para Francia y  diamantes para él. Mientras una Francia perfectamente informada sobre todo lo que sucedía en la República Centroafricana daba lustre a su imagen de gobernante diligente, Bokassa torturaba a opositores y hundía su país en el caos, el expolio y la corrupción. En Argelia y Camerún todavía está muy presente la huella de la salvaje represión francesa previa a sus independencias, que marcó la ruta de la violencia del primero y acabó con una generación de líderes brillantes en el segundo, aupando y perpetuando en el poder a Paul Biya. Ruanda declara a Francia cómplice del genocidio de 1994, suministro de armas y violaciones incluidas a mujeres tutsis, sin que se preste demasiada atención a las denuncias de este pequeño país surgido del trauma.

 

Entender la presencia francesa en África

 

Vivo en Abiyán y me llamo Dagauh Gwennael Gautier Komenan. Soy estudiante de Historia, historiador, futuro profesor de Historia. Firmo un ensayo sobre la Françafrique, en el que intento analizar las intervenciones militares “humanitarias” francesas en África, incluyendo la Licorne, que es la que sufre mi país desde el año 2002. Presenté el ensayo a los Premios de La Catarata, traducido por la periodista Ángeles Jurado, y quedó finalista. La Universidad de Las Palmas de Gran Canaria lo acaba de publicar en formato ebook.

 

En el libro explico que es habitual responsabilizar a élites predadoras y corruptas de lo que sucede en África y así difuminar otras responsabilidades. Se critica a gobernantes como Blaise Compaoré, presidente de Burkina Faso desde 1987, expulsado por su propio pueblo del poder hace apenas dos años por enriquecerse a costa de sus compatriotas y reprimir a su gente. Sin embargo, también se obvia que Compaoré ejerció de matón de Francia en toda la subregión desde el asesinato de su amigo Sankara y que se ha labrado reputación y fortuna negociando con yihadistas, vendiendo armas y mercenarios y participando en la desestabilización y el expolio de países vecinos como Costa de Marfil, por ejemplo. También se pasa de puntillas sobre el hecho de que Francia le ayudó a escapar de la justa ira de sus compatriotas y de que, gracias a Hollande y Ouattara, Compaoré no sólo no está encerrado hoy en el Tribunal Penal Internacional, sino que disfruta un exilio dorado en Costa de Marfil.

 

Níger duerme sobre uno de los mayores yacimientos de uranio del planeta y desfallece de puro pobre. El 80 % de la energía francesa es nuclear y depende de países como éste. Níger no tiene capacidad de negociación con Francia: la explotación de sus reservas corresponde en monopolio a Areva, una empresa francesa, y el Estado nigerino tiene que pagarles el servicio y la tecnología para esa explotación. Níger no puede beneficiarse de su enorme riqueza ni de la dependencia francesa de sus recursos. Figura en los últimos puestos del planeta del índice de desarrollo humano.

 

El África francófona es el paraíso de las multinacionales amigas del Elíseo, cliente mimado para las ventas de armas y los consejeros de seguridad, ecosistema perfecto para que medren los diplomáticos franceses reconvertidos en facilitadores de negocios para empresarios galos y los reconstructores de ruinas que las operaciones militares francesas han creado. También allí se encuentran algunos de los territorios menos desarrollados y más pobres del planeta, más frágiles.

 

Las operaciones militares francesas sobre el terreno africano no han servido para mejorar las vidas de la mayoría de los africanos. Mali continúa en una situación de seguridad muy precaria y corrupción permanente, objeto de atentados continuos e intervenido militarmente desde la operación Serval.  Libia se desgarra en una pugna entre varios gobiernos y facciones armadas y se ha convertido en un territorio sin ley tras la operación Harmattan. La situación es volátil e impredecible en la República Centroafricana, a pesar de la operación Sangaris, que abandona el país en octubre de este año entre acusaciones de abusos y violaciones a menores de las tropas francesas, una lacra en la que también han participado los cascos azules de la MINUSCA.

 

Y la lista sigue.

 

La Françafrique es un tema complejo. Feo, triste, sórdido, rancio por las décadas de historias turbias, posos y fermentaciones. Pero también es un tema que es necesario conocer y denunciar. Sobre todo, comprendiendo, aceptando y poniendo en un lugar central las visiones africanas: Boubacar Boris Diop, Aminata Traoré, Mongo Beti, Théophile Kouamouo, Jean-Arsène Yao…

 

La Françafrique sigue viva, y nos corresponde a africanos y gentes solidarias y de bien del resto del planeta, comprenderla para echarla abajo.

 

Autor

Dagauh Gwennael Gautier Komenan (Yamusukro, Costa de Marfil, 1989) es estudiante de Historia en la Universidad Félix Houphouët-Boigny (Abiyán, Costa de Marfil), y coautor del libro electrónico La Françafrique vista desde el Sur.

 

Foto de portada: André Milongo, presidente de la República del Congo, charla amistosamente con Jacques Chirac, presidente de la República Francesa. Wikipedia.

 

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