El cacao y el fantasma de Nkrumah

Por el 16 septiembre, 2019 África Occidental , Economía

Si solo hubiera diez tiendas que vendieran carne en toda Barcelona y un hombre fuera propietario de siete, poca gente dudaría de su fortuna. Probablemente, tendría una casa en uno de los mejores barrios de la ciudad y, con un poco de suerte, podría delegar la gestión y trabajar muy poco. Viviría bien. No hace falta ser un experto economista para entender que concentrar la mayoría de la oferta es una situación ventajosa. Difícilmente alguien podría concluir que ese hombre fuera pobre, o que fuera directamente un sintecho obligado a mendigar para poder comer alguna cosa. Y eso es, exactamente, lo que ha sucedido en el mercado del cacao durante siglos, desde la esclavitud y el colonialismo hasta la actualidad.

Los países africanos concentran el 70% de la oferta de cacao crudo del mundo, y no solamente no son ricos sino que sus ciudadanos se encuentran entre los más pobres del planeta. La cosecha de la temporada 2017-2018 tuvo sabor marfileño: Costa de Marfil puso sobre la mesa el 43% de la producción, seguida de Ghana, con el 19%. Ambos productores tienen la hegemonía mundial, siempre alrededor de los dos tercios del cacao existente. A una escala más pequeña hay que tener en cuenta a Nigeria, con el 6%, y Camerún, con el 5%. No es que el chocolate sea una industria sin futuro, al contrario. La industria chocolatera mueve miles de millones de euros y está liderada por empresas situadas en Europa o Estados Unidos. Sus nombres están asociados a nuestra dieta y, sobre todo, a nuestros postres: Nestlé, Mondelez, Cadbury, Mars o Cargill son los pesos pesados de este mercado. ¿Por qué unos ganan tanto y otros, tan poco?

La primera explicación la podemos encontrar en las políticas actuales. Que los países productores se centren en el cacao crudo no es ninguna casualidad. Tal y como explica Ndongo Samba Sylla en su libro “The Fair Trade Scandal”, los países más desarrollados aplican desde hace años una política de aranceles muy clara: cuanto más procesado esté el cacao, más alto es el arancel. De esta manera, fomentan que los productores lo vendan crudo y el dinero del procesado se quede en Europa. Así, todos los empleos, sueldos y actividad económica derivada del cacao se esfuman de África, que solo se queda con los salarios miserables de sus agricultores y poco más. No es ningún error de los funcionarios de la UE, sino que es un ataque directo. Joshua Gee, autor del “Trade and Navigation of Great Britain considered”, se expresó así en una ocasión:

“Que a todos los negros se les prohíba tejer lino o lana, o hilar o peinar la lana, o trabajar en cualquier fabricación de hierro. (…) Que también se les prohíba la fabricación de sombreros, calcetines o cuero de cualquier tipo. (…) Ya que si llegasen a establecer manufacturas y el gobierno se viere más adelante en la necesidad de impedir su progreso, no podríamos esperar que se hiciere con la misma facilidad que se puede hacer ahora”.

 

El texto es de 1729. Tres siglos después, la cosa no ha cambiado mucho. La política europea respecto a los exportadores africanos pretende impedir la industrialización de los países del continente. La política arancelaria es solamente una prueba. La cuestión económica, y qué tiene cada economía nacional, es algo que preocupó a muchos de los líderes independentistas africanos a mediados del siglo pasado. Uno de ellos, Kwame Nkrumah, consideró directamente que, si no se conseguía la libertad económica, la lucha habría sido en vano. Nkrumah fue el primer ministro de Ghana y concluyó que el cacao podría ser la piedra angular para crear una serie de industrias pesadas. Su habilidad política le permitió conseguir préstamos de las instituciones occidentales mientras se paseaba más allá del Telón de Acero para compartir sus ideas con los líderes comunistas. La caída de los precios del cacao y un golpe de estado destrozaron su plan, y su endeudado país acabó aplicando un plan de ajuste estructural impulsado por el Fondo Monetario Internacional. Medio siglo después de su expulsión del poder, sus ideas siguen siendo útiles para entender los problemas de los grandes productores de cacao como Ghana:

“Cualquier forma de unión negociada en solitario entre países completamente industrializados de Europa y los nuevos países independientes de África está destinada a retrasar la industrialización de esos países. (…) Aquellos países africanos a los que se pueda inducir a formar parte de esta unión continuarán sirviendo como mercados protegidos en el extranjero para los productos manufacturados de sus socios industrializados, así como de fuentes de materias primas baratas. Los subsidios que reciban a cambio de contraer esas obligaciones serán pequeños comparados con las pérdidas que sufrirán al perpetuar su condición de colonias. (…) De hecho, estos subsidios deben provenir de los beneficios comerciales obtenidos por obligar a bajar los precios de las materias primas compradas en los países africanos y de elevar los precios de los productos manufacturados que estos se ven obligados a aceptar a cambio”.

 

El espíritu de Nkrumah resurgió de nuevo durante unos meses en África occidental este verano. Los dos grandes productores de cacao parecían haber leído de nuevo las directrices de su libro “África debe unirse”, donde los conminaba a juntarse para conseguir mejores precios. Ghana y Costa de Marfil barajaron introducir un precio mínimo de 2.600 dólares por tonelada de cacao pero, tras una larguísima reunión con las multinacionales, cancelaron sus amenazas de detener la venta para la temporada 2020-2021. Un mes después, los dirigentes de ambos países comentaron de nuevo su intención de conseguir ese precio, pero habrá que seguir su trayectoria para ver hasta qué punto tal voluntad es real o solo es una postura popular de cara a las elecciones que habrá próximamente en Costa de Marfil.

Si la tableta de chocolate entera fuera el 100, los productores solamente se quedan el 6,6% de la producción. Irónicamente, los países de los que depende una industria que genera 103.000 millones en ventas cada año están entre los más pobres del mundo. Costa de Marfil tiene una moneda controlada por los franceses y, pese a ser un gigante continental, el crecimiento anual de su PIB revierte muy poco en la población que más lo necesita. Ghana, cuya moneda fluye al ritmo del cacao, ha entrado en el peligroso mercado de los eurobonos durante los últimos años. Endeudarse en moneda extranjera fuerte (dólares) con una moneda que tiende a caer con el precio del cacao es una auténtica bomba de relojería, tal y como ya han podido comprobar recientemente en Turquía, Paquistán o Argentina.

Paradójicamente, los planes de las instituciones internacionales (FMI, Banco Mundial) siguen siendo prácticamente los mismos de los años 80. Los países deben centrarse en su ventaja comparativa, es decir, aquello para lo que están ‘naturalmente dotados’. En el caso africano, la ventaja comparativa es la agricultura, y para los marfileños o los ghaneses es, naturalmente, el cacao. Tales teorías económicas ignoran que, antes de que el cacao monopolizara la producción, ambos países tenían otros cultivos que servían para alimentar a la población local. De hecho, concentrarse en el cacao fue una imposición colonial y no la obediencia a una ley de la naturaleza. Los países pueden romper completamente con su ventaja comparativa si lo deciden políticamente; es más, todos los que hoy son ricos en un momento u otro desafiaron su ventaja comparativa para centrarse en industrias con rendimientos crecientes. Si Ghana se especializa en vender cacao y Suiza en vender chocolate, el resultado es que unos se especializarán en ser pobres y los otros ganarán tanto dinero que ya no sabrán ni dónde meterlo. Si Estados Unidos se hubiera centrado en su ventaja comparativa, nunca habría podido superar la tecnología soviética cuando la URSS parecía estar ganando la carrera espacial. En lugar de aceptar que lo suyo era plantar trigo y que la tecnología era la especialidad de su rival, los estadounidenses impulsaron la NASA y acabaron enviando el primer hombre a la luna. Unos años después, la URSS ni siquiera existía. Seguir insistiendo en las ventajas comparativas y rechazar la política industrial para los países productores de cacao es empobrecerlos deliberadamente. Teniendo en cuenta que los países occidentales tienen alrededor del 50% de los votos en el FMI –un organismo que se rige por sufragio censatario, esto es, quien más dinero pone, más votos tiene–, no es extraño. Nadie que quiera mantener su respetable empleo trabaja para destruir los intereses de su jefe.

 

Finalmente, habrá que tener en cuenta otro apunte medioambiental. El cambio climático, junto a la deforestación, está afectando a numerosos países de la zona de África occidental. Algunos de ellos con una industria maderera (Camerún, Liberia), y otros también con una producción de cacao pequeña, como en el caso camerunés. La destrucción de bosques para dedicarlos a la exportación es otro de los aspectos que raramente se comenta en los planes económicos de los países. Al vender materias primas baratas y comprar productos caros, muchos de estos países tienen balanzas comerciales negativas, se endeudan en divisas fuertes y viven un ciclo eterno de crecimiento-endeudamiento-crash-ajuste estructural. Ante el alza de las temperaturas, algunos de los cultivos más básicos para la alimentación de la población ya no se podrán producir, con lo cual deberán importarse. Las balanzas comerciales serán todavía más negativas y el ciclo comentado anteriormente se agravará. No solamente habrá los llamados “refugiados climáticos”, sino que sus países de origen se convertirán en económicamente inviables.

Nadie pareció tenerlo en cuenta cuando, en la reunión con Ghana y Costa de Marfil, los representantes de las grandes empresas dijeron que fijar los precios del mercado iba contra las buenas prácticas de los economistas serios. La respuesta más clara a todos estos problemas, más allá de las buenas palabras de la cooperación, sigue siendo la venta de armas. Ghana, a lo largo de su historia, ha gastado 838 millones en armas, el 21% procedentes del Reino Unido, su antigua metrópolis. Costa de Marfil, a lo largo de su historia, ha gastado casi 400 millones de dólares en armas, el 58% de marca francesa, su antigua y aún dominante metrópolis.

Si los africanos no pueden ganarse la vida, al menos habrá que ayudarles a controlarse.

 

Jaume Portell Caño es autor de “Un grano de cacao. Perspectivas y futuro de la agricultura africana” (Catarata).

Foto 1: árbol de cacao en Ghana (Pixabay)

Foto 2: Kwame Nkrumah (Wikipedia)

Foto 3: monumento a los agricultores de cacao en la cosecha, en Ghana (Pixabay)

(Vilassar de Dalt, 1992) Periodista especializado en economía y relaciones internacionales, con un énfasis especial en el continente africano. Se interesó por el continente a través del fútbol, pero se quedó fascinado definitivamente por la cultura, la política y la economía. En 2015 ganó un premio de la Unión Europea por un artículo, Les altres Europes (Las otras Europas), donde comentaba la relación entre los tratados de pesca UE-Senegal y la migración hacia Europa de los jóvenes senegaleses. Ha colaborado en medios grandes y pequeños, en radio, web y papel, aprovechando siempre cualquier oportunidad para tratar temas relacionados con África. En 2018 ganó el X Premio de Ensayo de la Casa África con "Un grano de cacao", una reflexión sobre la agricultura africana y su rol en la industrialización del continente. Algún día espera poder cubrir una Copa de África de fútbol.

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