Megaproyectos y desarrollo desigual en Mozambique: “a luta continua”

Ante la inminencia de las elecciones generales en Mozambique de hoy martes 15 de octubre, es un momento oportuno para revisar y evaluar el modelo de desarrollo económico que ha predominado en el país desde el final del conflicto civil en 1992. A pesar de que Mozambique ocupa el puesto 180 -de 189- en el Índice de Desarrollo Humano (2018), no hay duda de que en estos últimos 27 años se han producido importantes logros en áreas clave. Según datos de Naciones Unidas, la esperanza de vida al nacer aumentó de 43 años en 1990 a 58,9 en 2017, y, en el mismo periodo el ingreso nacional bruto en PPA creció de 366 dólares a 1093 .

Tras un par de décadas de intensa dependencia financiera de los fondos de la comunidad de donantes en el marco del conflicto armado y la reconstrucción, en los últimos años Mozambique ha experimentado altos niveles de crecimiento económico y flujos crecientes de inversión extranjera directa (IED en adelante), estrechamente vinculados a la explotación de los recursos naturales y la promoción de megaproyectos industriales. Según datos del Banco Mundial, en los períodos 2004-07 y 2011-14, el crecimiento del PIB fue superior al 7%, y en 2012 y 2013 la IED  alcanzó el 40% del PIB.

Los principales destinos de esta inversión han sido las grandes reservas de recursos naturales en el sector minero (principalmente carbón y gas natural en las provincias del norte y centro del país), las importantes inversiones en infraestructura para la ampliación de la capacidad hidroeléctrica del país en Cahora Bassa (en la provincia de Tete) y otras represas, y la consolidación del país como uno de los principales exportadores de aluminio en el continente gracias a la gran inversión realizada en la fundición Mozal, ubicada a las afuera de la capital Maputo.

En este sentido, los megaproyectos y las dinámicas que los rodean, con un alto nivel de atracción de IED, se han convertido en una característica esencial del modelo económico actual en Mozambique, particularmente desde el año 2000. Existe una amplia preocupación, sin embargo, con respecto a los efectos de todo ello en el resto de la economía, en la capacidad de generación de valor añadido de esas actividades económicas esencialmente orientadas al exterior y altamente concentradas en unos pocos sectores, así como en el ámbito social. Así, se plantea la pregunta de hasta qué punto esos megaproyectos pueden realmente contribuir positivamente en términos de transformación de la economía a través de encadenamientos con otros sectores productivos, la creación de actividades de mayor valor añadido, más y mejores empleos, cambios sociales inclusivos y, en definitiva, mejores condiciones de vida para la mayoría de la población de Mozambique.

La explotación de recursos naturales mineros a través de megaproyectos

El carbón se ha explotado tradicionalmente en la provincia noroccidental de Tete en forma de minería a pequeña escala, tanto para el consumo interno como para la exportación. Todo eso comenzó a cambiar en 2004 cuando la transnacional brasileña Vale ganó la concesión de explotación de la mina de Moatize, una de las mayores reservas sin explotar en el mundo. Después de una inversión de 1.700 millones de dólares en una mina a cielo abierto, comenzó la producción y exportación. La producción en Moatize pasó de 3,7 millones de toneladas en 2012 a 5,5 en 2016, aún lejos de la capacidad máxima estimada de 11 millones anuales. Siguiendo la tendencia creciente de años anteriores, la producción en Moatize alcanzó los 2,4 millones de toneladas en el primer trimestre de 2017, estableciendo un récord trimestral de producción.

La extracción de gas natural en Mozambique tampoco es nueva. Comenzó con el descubrimiento de reservas en las provincias de Inhambane y Sofala en la década de 1960, pero la producción a gran escala tuvo que esperar algunas décadas hasta que la firma sudafricana Sasol comenzó a extraer gas natural de los campos Pande y Temane en 2004. Desde entonces, alrededor del 90% de la producción se ha exportado a Sudáfrica a través de un gaseoducto para satisfacer la demanda del complejo industrial próximo a Johannesburgo y, en particular, de las plantas químicas y la central eléctrica de Secunda, en la provincia de Gauteng, cerca de la frontera sur de Mozambique.

En 2010, el descubrimiento de unas reservas masivas en el norte, en la provincia de Cabo Delgado, puso a Mozambique en el mapa global de la industria gasística, ya que dichas reservas se encuentran entre las más grandes del mundo. Son principalmente dos las empresas implicadas: Anadarko (EEUU) y ENI (Italia), que poseen las concesiones en las áreas offshore donde se han encontrado la mayoría de las reservas recuperables. A estas empresas hay que añadir ExxonMobil (EEUU), que ha anunciado recientemente que va a invertir en un gran proyecto de gas licuado conjuntamente con la china CNPC y la propia ENI. Si bien la extracción del gas todavía no ha empezado, los impactos ya se están dejando notar en el país a todos los niveles.

 

Otros megaproyectos industriales: electricidad y aluminio

La dinámica de los megaproyectos en Mozambique también es notable fuera del sector minero, principalmente en la producción de hidroelectricidad y aluminio.

El primer megaproyecto puesto en marcha en Mozambique fue la presa de Cahora Bassa, que comenzó a operar a mediados de la década de 1970, convirtiendo al país en uno de los principales productores de energía hidroeléctrica en el sur de África. En la actualidad, la central eléctrica de Cahora Bassa, de propiedad pública, es la más grande de la región, con una capacidad de generación de 2025 MW.

A fines de la década de 1990, prácticamente la única fuente de electricidad en Mozambique era la energía hidroeléctrica. Hasta el 65% de la electricidad producida en Cahora Bassa se exporta a Sudáfrica, mientras que el resto se exporta a Zimbabue o se vende en el interior del país. En 2018, según datos del Banco de Moçambique, la electricidad ocupó el tercer lugar en el ranking de exportaciones de Mozambique, solo por detrás del aluminio y el carbón, con un valor de 385 millones de dólares, equivalente al 7,4% del total de exportaciones.

Mozal es una fundición de aluminio ubicada a 20 kilómetros al oeste de Maputo, cerca del puerto de Matola. Mozal comenzó a operar en el año 2000, y era una parte clave del programa de recuperación de la posguerra durante los años 1990, que incluía la atracción de IED a sectores estratégicos. Esta empresa contó con una inversión inicial de 2400 millones de dólares realizada de forma conjunta por la empresa australiana BHP Billiton, Mitsubishi, la Industrial Development Corporation de Sudáfrica y el gobierno de Mozambique.

Aunque Mozambique es un exportador neto de electricidad, debido a la falta de capacidad de transmisión interna, Mozal utiliza paradójicamente electricidad de Sudáfrica. Se estima que este megaproyecto de fundición de aluminio utiliza el equivalente a alrededor del 45% de la electricidad producida en Mozambique y es responsable del 65% del consumo total de electricidad del país.

 

¿Hacia el desarrollo económico a través de megaproyectos?

Los efectos generados por la dinámica impulsada por los megaproyectos sobre el crecimiento económico, la atracción de IED y la expansión de las exportaciones han demostrado ser significativos en Mozambique. Sin embargo, más allá de estos efectos macroeconómicos, los megaproyectos tienen ciertas limitaciones que deben tenerse en cuenta a la hora de evaluar su contribución al desarrollo económico. En particular, tienen una escasa capacidad de crear empleo, de generar encadenamientos productivos con otros sectores, y producen limitados ingresos fiscales.

El modelo de desarrollo basado en megaproyectos de Mozambique está lejos de ser adecuado y sostenible en el tiempo. La explotación de recursos naturales y los megaproyectos en el país generan serios problemas económicos (riesgo de endeudamiento) y sociales a nivel local (daños medioambientales y reasentamientos forzados), a los que es importante hacer frente contando con la participación de la población directamente afectada.

Sin embargo, en principio, éstos tampoco tienen necesariamente por qué ser considerados una maldición insuperable. En condiciones favorables, que podrían lograrse parcialmente mejorando los estándares de gobernanza y participación a escala nacional y local, los megaproyectos puestos en marcha, desde una perspectiva pragmática, podrían también favorecer la diversificación de las actividades económicas y la generación de producciones de mayor valor añadido, que reviertan en más y mejor empleo formal, así como en una distribución más equitativa de las rentas generadas.

Para que eso suceda en Mozambique, queda aún un largo camino por recorrer. Además de los factores señalados, todo ello requerirá de la elaboración de una estrategia y un conjunto de políticas económicas activas apropiadas, tanto a nivel nacional como internacional. Un modelo económico menos extrovertido y dependiente, que facilite una mayor inclusividad y un rol más activo por parte de los actores locales, es sin duda deseable. A su vez, una distribución más justa de los costes y beneficios económicos, sociales y medioambientales de todo ello, es también una condición necesaria para sacar a Mozambique de su actual modelo de desarrollo, todavía fuertemente polarizado, excluyente y desigual.

 

Artur Colom es profesor de economía de la Universidad de Valencia, y miembro del Centro de Estudios Africanos de Barcelona (CEA). Ha realizado trabajo de campo en Chad y Senegal, donde incluso ha dado clases. Eduardo Bidaurratzaga es profesor de economía de la Universidad del País Vasco y miembro de HEGOA. Este artículo se basa en el texto “Mozambique’s Megaproject-Based Economic Model: Still Struggling with Uneven Development”, elaborado por los mismos autores y publicado en 2019 en el volumen Scholvin, S. et al. (eds.) Value Chains in Sub-Saharan Africa. Challenges of Integration into the Global Economy, Springer Nature Switzerland.

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