La noviolencia en África: la actualidad de la paz

 

 “Lo que he visto es terrible […] Merece ser condenado. Pero no puedo denunciarlo con palabras ajenas. Tengo que encontrar mis propias palabras, que sean mías. De otra forma no será verdad […]” (J.M. Coetze, 2002)

 

Los conflictos bélicos crecientes asociados a la globalización constituyen un problema de máxima relevancia en África. Junto a las consecuencias directas de las descolonizaciones mal hechas, nuevas y viejas formas de contienda convierten muchos lugares del continente en escenarios recurrentes de guerras y masacres, palabras estas, además, que suelen ocupar los noticiarios habituales y que contribuyen, una vez más, al nefasto estereotipo del África intrínsecamente problemática y violenta, atrasadamente no moderna, inexplicablemente “primitiva”.

Esta reflexión propone, desmarcándose de lo anterior y partiendo como marco teórico de los estudios sobre la paz, traer a colación experiencias africanas que muestren su gran dinamismo en, precisamente, lo opuesto a las diversas formas de violencia, a saber, el amplio y necesario campo de la resolución de conflictos, del restañamiento de profundas heridas sociales y humanas a través de la noviolencia.

Curiosamente, el “Día Internacional de la Paz” (el 21 de septiembre desde 2001, aunque reconocido desde 1981) y el “Día Internacional de la No Violencia” (desde 2007, el 2 de octubre, en la poderosa efemérides del nacimiento de Mahatma Gandhi) son dos días distintos; ¿dos cosas distintas? ¿Es solo una cuestión de interés puramente dialéctico que noviolencia y paz sean dos conceptos diferentes –aunque evidentemente muy relacionados y confluyentes? ¿Importa solamente a los científicos sociales, en sus garitos intelectuales –elevados y tantas veces inútiles, – o que le importe también a las Naciones Unidas significa que engendra una relevancia social y que le pueda, así, importar a la gente normal –esa gente común y, por lo tanto, rebelde-?

Es curioso que el objetivo primordial de la UNESCO (como sabemos, estructuralmente ligada a las Naciones Unidas) sea “Construir la paz en la mente de los hombres y de las mujeres”; porque precisamente de eso va el concepto de noviolencia (a saber, el trabajar por una paz que es mucho más que la ausencia de guerra), protagonista del título de esta reflexión: “La noviolencia en África: la actualidad de la paz”. Con él he pretendido varios objetivos. El primero, traer a colación el concepto específico de noviolencia (escrito de tal modo, con sus atribuciones y sutilezas) para significar todo un campo de estudios, aplicaciones e intervenciones como es hoy el llamado de la “cultura de paz”, o estudios sobre la paz, como prospectiva necesaria para trabajar en formas alternativas de habitar y resolver conflictos en el mundo globalizado. Mencionar, además, la noviolencia en África significa, como segundo objetivo clave, llamar la atención sobre, precisamente, lo que suele escamotearse en el discurso público más generalizado sobre el continente: su potencial en materia de resolución pacífica de conflictos (anclado en numerosas tradiciones, valores y prácticas sociales), en lugar de su supuesto (tan reseñado) potencial violento.

Así, hablaremos de la cultura de paz, sintetizada en la noviolencia, y de ella en África (a través de algunos ejemplos notorios concretos), para finalmente reflexionar sobre la actualidad (o modernidad) de la paz, incidiendo en la actualidad (esto es, la condición de actual, de presente) de muchas prácticas tradicionales africanas que sirven para la paz y desmarcándonos con ello de la dicotomía –falsa a mi entender- entre tradición y contemporaneidad: por más que muchos de estos valores o prácticas posean raíces tradicionales, el hecho es que constituyen hoy una realidad, y ello los torna, pues, como mínimo “tradiciones” constantemente contestadas y reeditadas. Solemos asociar al continente africano, además de la violencia radical, un aura de tradicionalismo (sospechosamente unida al folclore) que, una vez más, escamotea a la realidad africana su evidente condición de contemporaneidad.

Tal vez en las últimas décadas podamos considerar como esencialmente paradigmáticos los ejemplos de justicia reconciliadora (no punitiva) tras el apartheid sudafricano y el genocidio ruandés. Viajemos primero al 15 de abril de 1996, día en que la Comisión de la Verdad y la Reconciliación de Sudáfrica dio comienzo a las primeras audiencias públicas sobre las violaciones de los derechos humanos cometidas durante la época del apartheid. Su objetivo principal era fomentar la unidad nacional y la reconciliación, o lo que los (sud) africanos llaman ubuntu. Como lo afirmara Mandela, “Construyamos una unidad nacional. Quizá no nos sea posible olvidar, pero podemos perdonar”: con el propósito de infundir ese espíritu, el pueblo sudafricano acordó examinar el pasado, porque para poder mirar hacia delante habían de conocer lo que sucedió antes.

La Comisión se dedicó a examinar los crímenes cometidos durante un período de treinta y tres años con tres objetivos primordiales: investigar los delitos, ofrecer compensación a algunas de las víctimas y otorgar amnistía a algunos de los transgresores a cambio de confesiones veraces. Dio prioridad a la rehabilitación, es decir, promovía que la comunidad acogiera a quienes regresaran a ella tras confesar sus delitos y mostrar remordimiento. Ello era expresión pura del espíritu ubuntu, que toma en cuenta la totalidad de la humanidad de la persona y su relación con la comunidad, en lugar de considerar solamente los actos de transgresión de la ley cometidos por el individuo.

Foto: Tribunal Gacaca (Creative Commons)

Acudiendo ahora al ejemplo de la justicia Gacaca en Ruanda para buscar una solución socialmente sostenible tras el genocidio de 1994, encontramos que constituye igualmente un clásico en nuestro campo de estudio, acaso por su rotundidad, su efectividad y su originalidad anclada en la tradición. El término “Gacaca” (pronunciado “gachacha”) hace referencia en realidad a un tipo de corte de justicia tradicional aunque contemporáneo; es parte del sistema comunitario de justicia inspirado desde la antigüedad y establecido en 2001 en Ruanda tras el genocidio de 1994, cuando entre 400.000 y un millón de ruandeses, en su mayoría de la etnia tutsi, fueron asesinados en escasas jornadas por convecinos hutus.

Las condiciones extremas del genocidio dieron lugar a una situación legal posconflicto insostenible para cualquier Estado: prácticamente un pueblo entero había de ser juzgado por crímenes de lesa humanidad contra otro pueblo entero. Por ende, ambos habían de continuar conviviendo en la tierra común de Ruanda tras finalizar los procesos. Ni el sistema jurídico ruandés ni el concurso del Tribunal de La Haya poseían capacidad para dar una solución viable, y en un plazo razonable, a tal situación.

Los tribunales Gacaca, término que significa literalmente la hierba sobre la que se sentaban los hombres venerables para dirimir las disputas vecinales, fueron la solución escogida por el Ministerio de Justicia y refrendada por la comunidad internacional a esta situación. A pesar de numerosos problemas prácticos a la hora de ser implementada, este tipo de justicia (anclado en prácticas tradicionales, pero profundamente adaptado y actualizado) ha significado la alternativa más práctica y realista para la Ruanda posgenocidio. Algunos elementos clave de la Gacaca, análogos a las Comisiones de la Verdad sudafricanas, son el rechazo de la pena de muerte o la concesión de amnistías en numerosos casos (de lo contrario, ¿es sostenible encarcelar a un pueblo entero?) si se cumplen ciertas reglas durante las vistas de los juicios, como decir la verdad sobre su crimen el victimario frente a la propia víctima (o sus familiares y parientes) y buscar activamente la reconciliación a través del perdón.

Las justicias Gacaca y ubuntu constituyen ejemplos notorios de tantos acervos culturales africanos que habrían de ser considerados por su enorme potencial de cultura de paz y de noviolencia, por sus posibilidades en materia de resiliencia y cohesión sociales. Si los derechos humanos, al menos según sus formulaciones primeras, suponen un acervo cultural de origen europeo, hay también prácticas y epistemologías africanas que pueden constituir alternativas de construcción ciudadana noviolentas, de gran calidad democrática.

La Gacaca y el ubuntu seguramente sean los ejemplos más paradigmáticos, conocidos e incluso cinematográficos del asunto que nos ocupa aquí; sin embargo, podríamos citar tantas otras prácticas de noviolencia, en el pasado y el presente africanos, que nos inspirarían igualmente: la orientación clásica sufí pacifista de los orígenes de la tariqa Muriddiya en el Senegal colonizado por Francia (por retrotraernos a un pasado no tan lejano), el Consejo de Justicia Anuak en Gambella (Etiopía), el movimiento ecofeminista de la “mujer árbol” Wangari Muta Maathai en Kenia (radicalmente pacifista) o, incluso, el movimiento senegalés Y’en a Marre, creado en 2011 por raperos y periodistas senegaleses, como ejemplo noviolento de intervención ciudadana con gran potencia transformadora en lo político.

En esta reflexión me desmarco, una vez más, de la difusión del África nefanda que muestran los medios, violenta y conflictiva, exenta de recursos propios para solucionar problemas a menudo de generación exógena o, al menos, donde el concurso internacional posee un peso específico crucial. Cuántas otras “Áfricas” hay de las que nada se ocupan los medios, porque lo bueno no es noticia, no vende periódicos o, dicho de modo más escolar, las estrategias socialmente adaptativas y sostenibles no representan un atractivo para los medios de masa. Sin renunciar nunca a la denuncia, necesaria, de los profundos males que el continente negro está viendo agravados por (y en) la globalización, recurramos también en Occidente a sus amplios potenciales y prácticas para inspirarnos en alternativas noviolentas, justas y equitativas de vida colectiva en el mundo contemporáneo. Pese a lo que se esfuerzan en contarnos, la paz está de moda en África y, por suerte, cuenta también con poderosas tradiciones a sus espaldas que la refrendan, reinventan y vindican.

 

Ester Massó es filósofa y antropóloga, profesora titular de la Universidad de Granada

Nota de la autora: Estas reflexiones son una síntesis actualizada de mi artículo “La ‘noviolencia’ en África: la actualidad de la paz” (Nova Àfrica 28, 2012). Al no ser accesible en línea, cualquier persona interesada puede escribirme a ester@ugr.es para su consulta (igualmente, dado el carácter divulgativo de este texto y sus limitaciones espaciales, eludimos aquí referencias bibliográficas especializadas, remitiendo para todo ello al artículo original).

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