Diplomacia religiosa saudí en Gambia

King Ali se corta el pelo

KALIAYEV: ¿Comprendes por qué he pedido arrojar la bomba? Morir por la causa es la única manera de estar a su altura. Es la justificación.

 DORA: Yo también deseo esa muerte.

KALIAYEV: Sí, es una felicidad envidiable. Por la noche, a veces me agito en mi jergón de vendedor ambulante. Un pensamiento me atormenta: nos han convertido en asesinos. Pero pienso al mismo tiempo que voy a morir, y entonces mi corazón se apacigua. Sonrío, ¿sabes?, y me duermo como un niño.

Los justos, Albert Camus

“Arabia Saudí se erige en defensora y portavoz de los musulmanes, pero ahora mismo está asesinando a miles de ellos en Yemen. ¿No te parece contradictorio?” “Ellos no son musulmanes, son chiíes”, dice Musa. No me ve muy convencido y añade, sonriendo: “Los chiíes no son auténticos musulmanes y ellos son los que matan a los musulmanes de verdad. En todas partes”.

Y seguimos comiendo. A Musa le gusta el fútbol y está loco por ver siempre que puede a Leo Messi. Nos metemos en un local al que llaman “el videoclub” en Busumbala Market, en las afueras de Banjul, la capital de Gambia. Allí pagamos 15 dalasis (25 céntimos de euro) por ver un Nápoles-Barça de Champions League junto a otros 90 hombres en un partido infumable. Musa casi llega a las manos con otro espectador que le había robado el asiento. Hay pantalla doble y el partido de los catalanes es tan malo que la gente grita los goles del Bayern contra el Chelsea para entretenerse. Yo pienso en el negocio que deben hacer los propietarios del videoclub: dos días de Champions más fines de semana; si hay lleno los cuatro días, los propietarios pueden ganar 5400 dalasi a la semana, más de 20 000 al mes (unos 400 euros). Aún no lo saben, pero serán uno de los sectores más perjudicados por el coronavirus.

Los 400 euros que pueden ganar son un dineral al lado de los 90 euros con los que subsisten en la casa de Musa, donde viven él y nueve mujeres de distintas generaciones. Nos asamos durante 90 minutos lamentables del Barça, que acaba empatando a uno. Musa y su ‘enemigo’ se reconcilian insultando al delantero Antoine Griezmann, tras un pésimo partido del francés. Desde la media parte, yo no podía dejar de pensar en ese logo: durante el descanso salimos a refrescarnos y en su móvil vi una app radiofónica con la bandera de Arabia Saudí. Musa me contará, más tarde, que él es profesor en una escuela coránica financiada por los saudíes. El salario no es suficiente y algunos días va a vender ropa de todo tipo al mercado de Busumbala.

Una bronca en la televisión

La presencia de Arabia Saudí en la educación del país se remonta a los años 70. Un estudio de 2004 del profesor de Sociología Momodou Darboe recuerda, sin embargo, cuál fue la clave de la expansión del wahabismo en Gambia. Si con el presidente Jawara había una competencia entre distintas religiones, con la llegada al poder de Yahya Jammeh, en 1994, las cosas cambiaron sustancialmente. Para legitimarse ante la población, Jammeh reunió en televisión a los líderes religiosos musulmanes y les humilló en directo: les acusó de formar parte del viejo sistema corrupto contra el que se habían levantado los militares. Jawara, musulmán, siempre había respetado la naturaleza secular del estado. Jammeh, desde el inicio, quería mostrar que era más musulmán que nadie y, de hecho, acabó declarando que el país era una república islámica en 2015. Para consolidarse en el poder, estrechó lazos económicos con Arabia Saudí, que ofreció estudios y becas a los clérigos gambianos llamados a liderar la moral del país. “El principal objetivo, según el presidente del Consejo Islámico Supremo, era reformar las prácticas del islam de Gambia para adaptarlas a los principios de la secta fundamentalista ortodoxa”, apunta Darboe en su estudio, en referencia al wahabismo, la doctrina que los saudíes difunden por todo el mundo desde hace décadas. Las consecuencias no se hicieron esperar: el Consejo Islámico Supremo de Gambia, en 2015, quiso declarar al grupo “Ahmadiyya” como “no islámico”.

Mezquita en Gambia | WIKIPEDIA

Con la caída de Jammeh en 2017, las cosas no han cambiado demasiado. El poder blando saudí sigue influyendo en la administración del presidente Adama Barrow, que en febrero firmó un acuerdo con Riyadh para renovar el aeropuerto de Banjul. La capital gambiana acogerá en 2022 el encuentro de la Organización para la Cooperación Islámica (OIC, en inglés), cuya sede se encuentra en la capital saudí y que cuenta con una veintena de miembros africanos. Tanto en la capital como en el interior, los saudíes financian escuelas, mezquitas y pagan carreteras e infraestructuras de todo tipo. En las zonas rurales, cada vez más mujeres van tapadas con el niqab negro, que solamente deja sus ojos al descubierto. Pero la gran victoria de los saudíes en Gambia es que, para parte de la población, solo el wahabismo puede ser el islam auténtico: todo lo demás es falso, hipócrita o digno de apóstatas que han abandonado su religión. Y la apostasía, tal y como recuerda uno de los libros que Musa comparte con sus familiares, debe ser castigada con la muerte. El libro, editado en Arabia Saudí, pretende despejar las dudas sobre el islam y los derechos humanos con fragmentos como el siguiente:

“El asesinato de un apóstata de la fe islámica implica que esa persona ha violado las bases del Islam y ha atacado al Islam abierta y públicamente (…) amenaza la base del orden social y moral. Esta traición podría precipitar el principio de una revolución interna o una peligrosa rebelión en la sociedad islámica. Este tipo de crimen es el más grave en cualquier sociedad y, en consecuencia, denominado como alta traición.”

Más tarde, añade:

“La ejecución de un apóstata es, en realidad, una salvación para el resto de los miembros de la sociedad”. Quedan liberados de “la maldad y la violencia que expandiría si le dejaran propagar la blasfemia y la incredulidad”

En “The Saudi Terror Machine”, el ensayista francés Pierre Conesa explica la potencia de la diplomacia religiosa saudí. La Universidad de Medina, desde su fundación, ha formado a 45 000 cuadros de 167 nacionalidades diferentes. Los becados cuentan con manutención y vivienda gratuita durante sus estudios y cobran entre 500 y 900 dólares al mes. “Los estudiantes se comprometen a volver a su país, a veces cobrando un salario pagado por el reino”, explica el francés. Arabia Saudí dedica un presupuesto anual para financiar “madrasas, mezquitas y otras instalaciones en Bélgica, Francia, Países Bajos, Reino Unido, Alemania, Bosnia, Kosovo y el mundo árabe”. En total, los saudíes gastan lo mismo en importaciones de armas que en exportación de ideología religiosa: unos 7000 millones de dólares. Cada año. Desde hace treinta años. “Estas instituciones (las madrasas wahabíes) han sido los principales proveedores a la causa terrorista en Kashmir, Afganistán o India”, concluye Conesa. Según una encuesta citada en el libro, solamente el 6% de los estudiantes asistían a las escuelas por motivos religiosos; los demás iban allí por cuestiones económicas. Más claro: esos estudios, al estar becados, eran los únicos que sus familias se podían permitir.

King Ali

Hace veinte años, Malí era un país pacífico al que muchos turistas iban de vacaciones. Ahora tiene atentados yihadistas de forma regular, y el movimiento político que acaba de tumbar al presidente Keita cuenta con un imam, Mahmoud Dicko, educado en Arabia Saudí. Dicko es la autoridad moral para miles de jóvenes, atraídos por su discurso anticorrupción. Poca gente, hace veinte años, se habría imaginado que Malí acabaría así. No es el único país afectado: Burkina Faso, Nigeria o Somalia también sufren a los fundamentalistas islámicos en su territorio. El libro “Inside Al Shabab”, de Harun Maruf, describe el ascenso del grupo fundamentalista Al Shabab en Somalia. Maruf, en los primeros capítulos, entrevista a testimonios que recuerdan cómo era la Somalia de los 60 y 70: un lugar donde las mujeres llevaban minifalda, con una vida nocturna dominada por la música funk, donde la gente bebía alcohol y fumaba sin problemas y, prácticamente, nadie llevaba burka. En el aspecto religioso, la sociedad era dominada por los sufíes, “quienes buscan la conexión con dios a través de actos de purificación. El control del gobierno y la vida de la gente no era una prioridad para los sufíes”. Alguien, dentro de muchos años, se preguntará en qué momento empezó a joderse Gambia, y yo me acordaré de King Ali.

Un joven de poco más de 20 años se sienta ante un presentador y un clérigo religioso en la televisión pública de Gambia. Habla en voz baja, como un corderito, recita cuatro frases. El clérigo le felicita, le advierte, le reprende y le felicita de nuevo. El presentador apuntala el relato: King Ali era un cantante de rap que vivía de una forma inmoral. Cantaba sobre posesiones materiales, alcohol, fiestas, sexo. Ahora ya no. Se ha cortado el pelo, ya no luce trenzas, se cubre la cabeza con un kufi –gorro- blanco y baja la mirada mientras le leen la cartilla. Nunca más será King Ali, ahora es un joven que quiere que el resto siga su ejemplo. Y él interviene, tímido, musitando eslóganes. Reniega de la música, del dinero, de su pasado: se declara listo para dedicar su vida a dios.

Me hago el tonto, como tantas otras veces, y busco el choque con los otros miembros de la casa. “¿No creéis que se divertía más cuando era King Ali?” Y la más joven responde: “Para nada. Estamos muy orgullosas de él y del camino que ha seguido: ahora sí que es un auténtico musulmán”.

King Ali
King Ali en televisión | Foto: Jaume Portell

(Vilassar de Dalt, 1992) Periodista especializado en economía y relaciones internacionales, con un énfasis especial en el continente africano. Se interesó por el continente a través del fútbol, pero se quedó fascinado definitivamente por la cultura, la política y la economía. En 2015 ganó un premio de la Unión Europea por un artículo, Les altres Europes (Las otras Europas), donde comentaba la relación entre los tratados de pesca UE-Senegal y la migración hacia Europa de los jóvenes senegaleses. Ha colaborado en medios grandes y pequeños, en radio, web y papel, aprovechando siempre cualquier oportunidad para tratar temas relacionados con África. En 2018 ganó el X Premio de Ensayo de la Casa África con "Un grano de cacao", una reflexión sobre la agricultura africana y su rol en la industrialización del continente. Algún día espera poder cubrir una Copa de África de fútbol.

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