Sahel Occidental

¿Cuál es la mayor amenaza, el terrorismo o la reacción al mismo?

Por el 10 febrero, 2020 África Occidental , Conflictos

En el año 2011, antes de la intervención militar de la OTAN en Libia que puso fin al régimen del coronel Gaddafi, Jean Ping, por entonces presidente de la Comisión de la Unión Africana, visibilizó la oposición de la UA a la solución militar, adelantando el efecto bumerán que tendría en la región. Ping, poniendo como ejemplo las consecuencias derivadas de la intervención estadounidense en Somalia en 1993 en el Cuerno de África –que se mantienen hasta la actualidad–, alertó de los efectos devastadores que tal acción tendría sobre el Sahel, incendiándolo. Hoy, casi una década después, sus previsiones se han cumplido.

Recientemente, el Representante Especial de la ONU y Jefe de la Oficina de la ONU para África Occidental y el Sahel (UNOWAS), Mohamed Ibn Chambas, calificaba de devastadora la escalada de violencia en el Sahel Occidental durante 2019, concentrada principalmente en las regiones fronterizas del este de Malí, el noreste de Burkina Faso y el oeste de Níger, en la conocida como la región de Liptako-Gourma. Durante el año, la zona ha padecido un aumento sin precedentes de violencia, generando más de 4.000 víctimas mortales -4.779 según datos del International Crisis Group-. Ello indica un 86% más de personas fallecidas en relación al año anterior, así como un incremento de la violencia cinco veces mayor que la de 2016, cuando se registraron 770 muertes vinculadas al conflicto. A su vez, la inestabilidad ha repercutido en el desplazamiento forzoso, con alrededor de 900.000 personas desplazadas en la región, de las cuales medio millón se registraron en Burkina Faso solo en el año 2019 (quintuplicando los datos de principios de año).

En 2019 se registraron muchas más víctimas mortales y desplazamientos forzosos

 

Las razones estriban en una combinación de factores que han fomentado la proliferación de actores armados, así como la regionalización e internacionalización de la violencia, que no ha parado de crecer desde el estallido del conflicto armado en Malí en el año 2012 ­–recordemos, meses después de la caída del régimen libio e inicio del efecto bumerán anticipado por Ping–­. Si bien en 2015 se logró la firma del Acuerdo de Paz de Argel entre el gobierno maliense y los grupos rebeldes y progubernamentales árabe-tuareg en el norte del país (CMA y Plataforma), otros actores armados han mantenido la guerra y sus efectos en la región, entre ellos: Ansar al-Din, Al-Qaeda en el Maghreb Islámico (AQMI), MUJAO/Al-Mourabitoun, Katibat Macina –todos ellos, articulados bajo la coalición Jama´at Nusrat al Islam Muslimeen (JNIM)-, el Estado Islámico en el Gran Sáhara (ISGS) o Ansaroul Islam. La expansión de estos grupos, que sostienen agendas de corte yihadista –según sus propias reivindicaciones–, se explica, en parte, debido a su exclusión de las mesas de negociación de paz por la premisa de “no dialogar con grupos terroristas”, siguiendo la doctrina articulada bajo la estrategia de la “guerra contra el terror”.

Y es que, desde que se inició la ola de violencia en el Sahel, la respuesta se ha construido fundamentalmente a través de una arquitectura de seguridad de corte antiterrorista que ha priorizado la estrategia securitaria. En ella, participan múltiples actores nacionales, regionales e internacionales a través del despliegue de diferentes operaciones y coaliciones militares: Francia, con la operación Barkhane, que cuenta con 4.500 soldados en la región; Estados Unidos, a través del U.S. Africa Command (AFRICOM), cuyo número de tropas ronda el millar; la Unión Europea, con misiones de formación militar a los ejércitos de la zona, bajo mandato de la European Union Training Mission, EUTM (600 efectivos); la ONU, con la misión de mantenimiento de la paz en Malí (MINUSMA), siendo en la actualidad la mayor misión del organismo en cuanto a efectivos (13.000); o la coalición regional militar, desplegada por el grupo Sahel G5 y compuesta por 5.000 tropas autorizadas de los países de la región (Mauritania, Chad, Malí, Níger y Burkina Faso). Es decir, alrededor de 24.000 efectivos de seguridad han sido desplegados en la región del Sahel Occidental entre todas las misiones y operaciones militares.

Sin embargo, esta nueva arquitectura de seguridad, lejos de lograr resultados en la reducción de la violencia, está generando el efecto inverso, llevándonos a la pregunta que formulaba hace tiempo John Muller: “¿Cuál es la mayor amenaza, el terrorismo o la reacción al mismo?”. El fracaso de las doctrinas de seguridad y las enormes consecuencias que están pagando las poblaciones de la región apuntan, con urgencia, a la necesidad de articular otras respuestas que prioricen la defensa de los derechos humanos y la justicia social si se quiere verdaderamente avanzar en la construcción de la paz.

 

Foto: operación Barkhane (WIKIPEDIA).

Este artículo fue originalmente publicado en La Directa.

(La Orotava, Tenerife,1978) Sociólogo, más por vocación que por ejercicio. Con un pie en el mundo de la Cooperación al Desarrollo, otro en los Estudios Africanos y las RRII y otro (sí, tengo tres pies, por eso mi vida cojea) esparcido en las docenas de post it que me recuerdan pendientes por acabar (entre ellos, una cosa que se llama tesis). Interesado en la conflictividad internacional y los mecanismos de resolución de conflictos. Me gusta Ulrike, “o se está con el problema, o se está con la solución, pero en el medio no hay nada”. @ivanbentor

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